Por: Christopher Hitchens

Luto por Tim Russert

CUANDO TIM RUSSERT FALLECIÓ, hace dos semanas, escribí un artículo para el portal en internet de la revista Vanity Fair y dije lo que genuinamente pensaba: que fue un hombre agradable y generoso, un periodista de primera clase y un demócrata por naturaleza.

Agregué que había sido muy imparcial conmigo incluso en nuestra mayor diferencia: su devoto catolicismo. Russert siempre daba cabida en su programa de televisión Meet the Press a las opiniones contrarias a las suyas y de hecho buscaba personas que no estaban de acuerdo con él, como era mi caso.

Y luego agregué, porque debo haber tenido algún tipo de premonición, que la profesión periodística a veces exagera las cosas cuando uno de sus miembros importantes fallece, y tiene la tendencia a hacer creer que un grande e irreemplazable santo o estadista ha muerto.

Algunos días después de publicar esta inocente y pequeña valoración de Russert, ya se podía detectar que la industria del “tributo” de los medios de comunicación había ido algo lejos. Seguro que Tim no ha sido la única persona que triunfó luego de nacer en una familia trabajadora de Buffalo, Nueva York. La tarea de ser el anfitrión en el programa periodístico Meet the Press era un trabajo que cualquier simple mortal podía hacer. De otro modo, Tim hubiera sido incapaz de hacerlo. Su puesto sería llenado con celeridad.

En un momento de irreverencia en el funeral de Russert, Tom Brokaw sostuvo que el grupo más grande entre los presentes estaba compuesto por quienes pensaban que eran mejores que Russert para asumir la tarea. Me di cuenta luego que él fue quien consiguió el reemplazo. Pero fue precisamente durante la época del velorio y el rito conmemorativo que la cosa comenzó a salirse de las manos. Uno empezó a escuchar susurros de que había ocurrido algo fuera de lo ordinario, como si un elemento misterioso se hubiera arrastrado en las exequias.

Cito de un correo electrónico titulado The Russert Miracles (Los milagros de Russert) que me envió alguien bastante bien conocido en el mundo de la televisión y de los medios de comunicación de Washington: el primer “milagro Russert” habría ocurrido en el funeral privado llevado a cabo en la iglesia de la Santísima Trinidad en Georgetown, Washington. La familia había solicitado que los senadores Barack Obama y John McCain se sentaran juntos. David Bohrman, jefe de la oficina de Washington de CNN, describe a Newsweek la escena: “Ellos se sentaron uno al lado del otro y conversaron durante veinte minutos. El lenguaje corporal era totalmente amistoso... Y yo pensé que estábamos en el funeral del hijo de un obrero de los servicios de sanidad. Y los candidatos presidenciales están teniendo aquí su primera conversación frente a frente”.

Así que en este punto se suponía que debíamos celebrar el santo milagro del “bipartidismo”, algo que sucede todos los días en el Senado, del cual los dos candidatos son miembros.

El segundo “milagro”, según correos electrónicos similares, consistió en la aparición de Bruce Springsteen en una gran pantalla al finalizar el siguiente servicio religioso, que se llevó a cabo en el Kennedy Center. El Jefe hizo una versión de Thunder Road y le anunció a Luke, el hijo de Tim, que “esto es para tu papá”. Springsteen es conocido para su crédito por hacer este tipo de favores a los seres vivientes. Y el modo en que este milagro fue transmitido a la grey que atendía el evento resulta fácil de entender no por mí, hay que admitirlo por casi todos los miembros de los medios de comunicación que estaban presentes.

Último en la lista de milagros fue la aparición de un enorme y bello arco iris sobre el Potomac cuando los dolientes subían al tejado del Kennedy Center para una recepción. En las palabras de Phil Griffin, ejecutivo de NBC News, “después de la experiencia mágica de este servicio, salir y ver el arco iris, y a Luke al final de él, nos hizo llorar a todos”.

Creo que toda esta fabricación de mitos que realizan los medios de comunicación ayuda a entender por qué la gente cree en Dios. Después de todo, por qué los dolientes nos habíamos reunido ese día. Uno de nuestros amigos y colegas había fallecido debido a un ataque cardíaco en lo mejor de su vida, en momentos en que celebraba la graduación de su hijo. Tenía todo por delante.

Por mi parte, me sentí angustiado. Lamenté esa muerte. Por lo tanto, me puse una corbata y fui al funeral para inclinar la cabeza. Pero ahora leo que, a causa de la cortesía política y de los caprichos del clima, debía estar agradecido por el duelo.

¿Qué habría pasado si no hubiera sido un año electoral? ¿Qué habría ocurrido si la cadena de televisión no hubiera contactado a un astro del rock? ¿O si el cielo hubiera estado simplemente soleado o lleno de relámpagos? Seguramente nuestros medios de comunicación habrían adoptado un tono de cortés condescendencia.

En la brillante novela de John Updike In the Beauty of the Lilies, el hijo de un ministro presbiteriano que perdió su fe escucha a quienes elogian a su difunto padre y súbitamente comprende cómo comenzaron los mitos sobre Jesús.

Apuesto que Tim Russert, un hombre de una fe firme pero modesta, rechazaría esta tonta superstición y el necio tributo de la celebridad. Este último culto pertenece al mundo material, el cual, ante la ausencia de uno sobrenatural, es el único mundo que tenemos.

* Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual.

(Traducción de Mario Szichman).

c.2008 WPNI Slate

 

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