Por: Héctor Abad Faciolince

Machado, el malo

Hay en mi familia —y supongo que también en la de muchos lectores— un grupo de WhatsApp de hermanos, cuñadas, hijos y sobrinas. Como vivimos en las montañas de Antioquia, tierra fértil para la sed del orden rústico de la derecha, y también para los arrebatos románticos de la izquierda, hemos puesto la regla de que en ese chat no se discutan temas políticos, como una forma de preservar la armonía familiar. Pese a esto, es difícil que en tiempo de elecciones no se cuele alguna forma de propaganda, o que después de los resultados no se les salga a algunos una chispa de celebración por la victoria o un arrebato de resentimiento por la derrota.

Las familias unánimes en las que todos votan por el mismo partido y asisten fervorosos a la misma parroquia deben ser muy aburridas. Una familia viva no debe marchar al unísono como reclutas de un cuartel ni rezar en coro como novicias de un convento. Si me limito a nuestra ciudad, Medellín, sé que en mi familia muchos votaron por Quintero —el ganador— y otros votamos por Rave o por Valderrama. Incluso algún uribista vergonzante, en la intimidad del cubículo, habrá quizá cometido el pecado de votar por Ramos. Sé que en las últimas presidenciales, aunque prevaleció el voto en blanco, hubo en la familia votos entusiastas por Duque y votos obstinados por Petro.

Esta consideración sobre las divisiones familiares con raíz política me llevó a recordar el dramático caso de los hermanos Manuel y Antonio Machado, poetas ambos y además amigos tan cercanos que compusieron juntos obras de teatro en verso y en prosa. A Borges, sospecho que más por motivos políticos que literarios, cuando le preguntaban por Antonio Machado, se hacía el zonzo y contestaba: “¿Antonio? Yo no sabía que Manuel tuviera un hermano”.

Si yo tuviera otra vida y fuera a cumplir 20 años, me gustaría hacer una tesis y pasarme tres años estudiando la relación personal, literaria y política de estos dos hermanos a quienes la Guerra Civil española situó en bandos opuestos, antagónicos. La anécdota que da inicio a esa división la cuenta Ian Gibson en un libro estupendo, Ligero de equipaje, la biografía de Antonio, el más famoso de los hermanos Machado. Cuando estalla la sublevación de Franco y de otros militares contra la República, el 18 de julio de 1936, todos los hermanos Machado se encuentran en Madrid, menos Manuel. Este está con su esposa, muy católica, Eulalia Cáceres, en Burgos, donde han ido a visitar a la cuñada, Carmen, que es monja de las Esclavas del Sagrado Corazón. Téngase en cuenta que Manuel era tan republicano que pocos años antes había compuesto la letra del himno de la República.

Los militares sublevados de Burgos se apoderan rápidamente de la ciudad. Manuel y Eulalia intentan salir de ella y volver a Madrid, pero pierden el último autocar. Los franquistas emprenden en seguida una dura represión en la ciudad y empiezan a apresar a los rojos. Entre ellos cae preso Manuel Machado, que corre el riesgo de que lo fusilen. Carmen y su devoto convento consiguen que lo suelten; Manuel abjura de su fe republicana y en agosto se inscribe en la Falange. Antonio, José (pintor) y Joaquín (tipógrafo) siguen en Madrid y permanecerán en el bando republicano hasta salir a la muerte o al exilio.

Después de la guerra y hasta su muerte en 1947, Manuel Machado escribe muy poco, y casi todo lo que escribe es de tema religioso. Alguna vez declara que los rojos, “abusando de su ingenuidad y buena fe”, habían arrastrado a Antonio a la izquierda. Don Antonio habrá pensado más bien que los fascistas arrastraron a Manuel a la derecha abusando de su cobardía. El caso es que la guerra la ganaron los fascistas, pero la paz la ganaron los republicanos y hoy en día la fama —bien ganada— es del buen Antonio, y casi nadie lee a Manuel Machado. Y lástima, porque es un poeta casi tan grande como su hermano y a un poeta hay que juzgarlo por sus versos y no por hallarse en un día fatal en el lugar equivocado.

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