Por: Ricardo Bada

Machado (m. 22-5-1939)

Apenas aparecer mi anterior columna, el 23 del mes pasado, recibí un par de emails donde me preguntaban cómo es que no la dediqué al 75º aniversario de la muerte de Antonio Machado.

La respuesta más simple hubiera sido decir lisa y llanamente que se me fue el santo al cielo, pero habría sido mentira. La respuesta más cierta es que al llegar a una cierta altura de la vida y de la profesión, uno mira hacia atrás, repasa la lista de sus artículos publicados y, de alguna manera no precisamente agradable, uno se siente ave carroñera. Parado como gallinazo en un poste de telégrafo y acechando el siguiente luctuoso aniversario para regurgitar una nueva necrológica.

Durante los 35 años que fui redactor de la Radio Deutsche Welle, a nada le tuve más temor que ver llegar a mi jefe, o al encargado de las noticias, enarbolando un trozo de papel arrancado del télex, ya que el correlato inmediato era decirme: “Ricardo, ha muerto Cortázar (Heinrich Böll, Reinaldo Arenas, Julio Ramón Ribeyro, Cioran, Octavio Paz... y un larguísimo etcétera), ¿no te podrías encargar de la necrológica?”. Lo que sí podría decirse es que llegué a ser poco más o menos el sepulturero de la redacción. O su oficina unipersonal de pompas fúnebres.

Y sí, claro que el 22 de mayo de 1939 era y es una fecha de las pocas que tengo apuntadas con tinta indeleble en el calendario del corazón. La fecha del día en que una de las dos Españas heló el corazón de quien lo tenía muy claro al respecto: “Españolito que vienes / al mundo, te guarde Dios, / una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”.

Pero ¿qué decir que no se haya dicho ya, acerca de don Antonio, a los 75 años de aquella muerte suya tan cargada de sentido, al pie de la frontera española, sólo que del otro costado, en la “Francia realista” de su poema El mañana efímero? Tal vez los académicos sí puedan, siempre están en disposición de ver algún aspecto nuevo en las obras de sus víctimas. Un periodista de a pie, como quien escribe estas líneas, no. No necesariamente.

Lo único que quizá pudiera decir, de una manera muy personal, es que nací 39 días después de la muerte de Machado y que él fue, a la par de Juan Ramón llevando del ronzal a su Platero, el primer poeta español contemporáneo al que me acerqué como lector; antes que a Lorca, Salinas, Dámaso Alonso, Alberti... Y que su poesía me acompaña desde entonces hasta el punto de que cuando también yo decidí abandonar una de las dos Españas, para que no me helase el corazón, el único libro de poemas que iba en mi maleta, al lado de Don Quijote y de Platero y yo, era el de Machado en la Colección Austral. Uno supo elegir bien a sus compañeros de destierro.

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