Por: Humberto de la Calle

Macías, el colombiano ejemplar

Así como lo oyen. Macías resume esa vena maluca del colombiano que está buscando siempre el atajo y la jugadita. Es ejemplar, no porque sirva de modelo, sino porque compendia muy bien cierto prototipo. El compatriota promedio capa impuestos, se cuela en Transmilenio, se salta la cola, falsifica diplomas, paga coimas, corrompe al policía, contesta a lista y luego se vuela, consigue incapacidades fraudulentas, copia en los exámenes y se pasa el semáforo en rojo. No estoy diciendo que Macías haya realizado esas conductas, para que se eviten los insultos y las demandas. Estoy diciendo que la jugadita es una sublimación simbólica de todo eso.

Ese colombiano medio no es un gran corrupto. Pero es el de la pequeña truhanería, el mismo que se enfurece con la víctima, el que utiliza una supuesta legalidad truculenta para ganarle al prójimo en el día a día y el que cambia abogado para que sus delitos prescriban. Es aquel que desde la Colonia practicaba el “se obedece, pero no se cumple”. Avivato por dentro y ciudadano por fuera.

Lo sorprendente, pues, no es la jugadita de Macías, ni siquiera el narcisismo relamido con la que la confiesa, sino la respuesta de varios líderes de opinión que minimizaron el asunto como si fuera una pequeña jugarreta de un niño que hay que recibir con una sonrisa.

Nos gastamos un cuarto de siglo para tener un estatuto de la oposición. Y al final, parto de los montes, lo que logramos fue retórica hueca. Esa manía nacional de creer que si uno escribe en un papel un precepto, ya el tema quedó chuleado. Pues no. No sirve para nada un estatuto de la oposición, si en la práctica todo sigue igual, ninguneando la voz de los antagonistas. El primero llamado a hacer realidad la norma era el presidente del Senado. ¿Alguien imagina un Parlamento británico —o de cualquiera democracia seria— en el que el primer ministro echa su perorata y se marcha, dejando en la estacada al jefe de la oposición? Puede ser que el presidente Duque no se haya percatado de la seriedad del asunto en el barullo protocolario. Por eso, en homenaje a la legalidad que él pregona como base de su gobierno, debe hacer un acto formal para escuchar a la oposición.

Una primera conclusión es que debemos derrotar el fetichismo legal. Hay que tener leyes. Pero no hay que declararse satisfecho con la poesía. Es necesario entender que hace falta la prosa de la realidad. Las palabras exculpatorias del presidente fueron acogidas por muchos líderes de opinión. Periodistas que sientan cátedra en defensa de los principios concurrieron prestos a dispensar (y quizás a envidiar) a Macías, el colombiano ejemplar.

Por eso, aplausos a la Procuraduría. Yo ni siquiera le pondría una sanción aflictiva a Macías. Más positivo sería que se disculpara públicamente y que emitiera un mensaje de rechazo a su manifiesta truculencia.

Cola: muy bien Duque al brindar nacionalidad a los niños venezolanos nacidos aquí. Se le reconoce. ¿Pero en qué quedó Ordóñez cuando describió a los inmigrantes como una peste peor que la de los libros que quemaba en su juventud?

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2019-08-25T00:00:48-05:00

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2019-08-26T11:11:08-05:00

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