Por: Andrés Hoyos

Macondo

AUNQUE MACONDO NO ESTÁ LOS MAPAS —lo inventó el nieto de Tranquilina Iguarán—, es el pueblo más famoso de América Latina.

Vaya uno a saber si, como dice Gabo en sus memorias, el nombre proviene de una hacienda bananera que él visitaba con su abuelo o de un tipo de ceiba “... de tronco recto y copa como un inmenso ramillete de flores amarillas”, al decir de un texto burocrático de 1915.

Antes de ser escrito, Macondo existía en las leyendas y canciones de la gente fantasiosa, lírica y tranquila del Caribe colombiano. Pero faltaban las explicaciones sobrenaturales de la abuela y un nieto superdotado para la literatura que se adueñara de ellas para que aquello desembocara en el realismo mágico. No fue este un invento de Gabo, pues Carpentier y Uslar Pietri ya lo mencionaban cuando el de Aracataca irrumpió en el mundo de la literatura, pero sí fue él quien lo llevó a su máxima expresión y, al mismo tiempo, al agotamiento. Poner pálidas muchachas a subir al cielo mientras doblan sábanas blancas nunca se pudo volver a hacer con provecho después de Cien años de soledad y muchos imitadores que lo intentaron se dieron de bruces contra el piso.

Macondo no fue arrasado sólo por el huracán bíblico del final de la novela, cuyos vientos de potencia ciclónica lo convirtieron en un “pavoroso remolino de polvo”, sino por una fuerza mucho más temible: la historia. La zona donde quedaba el pueblo, que hoy comprende La Guajira, el Cesar y el Magdalena, sufrió poco durante los años en que Nicolás Márquez esperaba la carta que nunca llegó. Tampoco fue martirizada por la Violencia, que a partir de 1948 se ensañó con el altiplano y los valles del interior del país. La destrucción empezó después, en los años setenta, con la llegada de unos nativos de Macondo que dieron en cultivar marihuana, en vez de banano para la United Fruit.

La bonanza marimbera de los primeros “mágicos” comenzó con una seguidilla de parrandas, riñas de gallos, música y brujería, pero en una de esas se desató una espiral de horror, porque cada vez circulaban más armas y más cajas de Old Parr, y de pronto los beneficiarios de la yerba, dígase las familias guajiras Cárdenas y Valdeblánquez, optaron por terminar la borrachera exterminándose a tiros. Llegados los ochenta aparecieron en lugares menos mágicos del país los protagonistas de la nueva violencia: guerrilleros y traficantes de cocaína, listos a convertir las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia en un potaje maloliente y a bajar con ráfagas de ametralladora a cualquier Remedios, la Bella, que osara subir al cielo sin permiso. De hecho, hubo muchas primas de Remedios que se convirtieron en rameras y, cuando alguna protestaba o quería otra cosa que no fuera diamantes, corría el riesgo de ser asesinada. Junto a los discípulos de Pablo Escobar y de Tirofijo surgieron, de las ruinas ensangrentadas de Macondo, paramilitares como Jorge 40 y comandantes guerrilleros como Simón Trinidad, hombres sin hígados que en tiempos más inocentes se llamaban Rodrigo Tovar Pupo y Ricardo Palmera.

Entonces lo “real maravilloso” debió ceder su lugar al recuento de las masacres, de los secuestros interminables, de los asesinatos selectivos, de las torturas. Ha pasado el tiempo y a estas alturas no nos queda otro remedio que añorar la magia de Macondo, al tiempo que propugnamos por una realidad en la que, si ya no se hacen tantos pescaditos de oro, al menos deje de haber tantos muertos inútiles.

 

 

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