Por: Óscar Alarcón

Macrolingotes

También los designados conspiran. Ello no es sólo potestativo de los vicepresidentes. Valga un ejemplo.

Para la presidencia que se iniciaba el primero de abril de 1882, Núñez lanzó como candidato a Francisco Javier Zaldúa, un hombre a quien se había considerado el primer jurisconsulto del país, pero para esos años ya estaba en edad de retiro forzoso. Los radicales no lo querían, señalándolo como un “viejo moribundo, inteligencia apagada y biombo detrás del cual se ocultan los pensamientos de prórroga del señor Núñez”.

Al final lo aceptaron y como candidato de unión salió electo. Sin embargo, desde su discurso de posesión fijó límites con Núñez para desvirtuar que fuera cuota suya. Como el hombre de El Cabrero mandaba en el Congreso, no sólo se hizo elegir designado sino también logró que le bloquearan la mayoría de actos del Gobierno que, de acuerdo con la Constitución de 1863, necesitaban del aval de las Cámaras.

El estado de salud del presidente no le permitía vivir en Bogotá, razón por la cual pidió al Congreso que pudiera despachar desde Tena, una población cercana y más adecuada para su bienestar. El Congreso negó su solicitud y Zaldúa, vestido quizá con la sudadera de la época, declaró, sacando fuerzas de donde no las tenía: “Ni me someto, ni renuncio, ni me muero”. Pero una cosa es lo que se quiere y se desea y otra muy distinta es aquello que el destino nos tiene deparado. El mandatario, contrario a su parecer, falleció y ha sido el único presidente muerto en Palacio.

Núñez no quiso hacerse cargo del poder y fue necesario que asumiera de urgencia, por un día, el procurador Clímaco Calderón, mientras llegaba a Bogotá el segundo designando José Eusebio Otálora.

Luego sí ha habido designados que han conspirado, aunque en este caso el discapacitado fue el presidente Zaldúa.

 

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