Por: Óscar Alarcón

MACROLINGOTES

No tiene mucho sentido que con la elección popular de alcaldes existan las gobernaciones. ¿Para qué? Si acaso para manejar loterías y beneficencias, con los resultados ampliamente conocidos en donde la mayoría de sus funcionarios andan en parqueaderos, es decir, llenos de autos.

En la práctica los departamentos nacieron con la Constitución de 1886 para darles nombre a los que antes se denominaban estados soberanos. Sin romperse ni mancharse cambiaron de denominación. Y además la nación les expropió “los baldíos, minas y salinas que les pertenecían a los estados”, según lo dijo expresamente el artículo 202 de la Constitución de 1886.

Quienes defienden la existencia y denominación de los departamentos aseguran que obedecen a una tradición. Eso no es cierto. La Constitución de 1830 fue la única que habló de departamentos, en cambio la de 1832 dividió el territorio en provincias, cantones y cantones de distritos parroquiales; la de 1843, en provincias; la de 1853, en provincias y distritos parroquiales; la de 1858 en estados y la de 1863 en estados soberanos. Luego ¿dónde está la tradición?

Ningún límite artificio separa a Bogotá de Cundinamarca, ni al Tolima del Huila. Si de topografía se tratara, los departamentos de la Costa Atlántica deberían ser uno solo, otro los de la Costa Pacífica, otro los Llanos Orientales, otro los valles del Cauca y Magdalena y otro la gran región paisa. Nada une las mesetas de Pasto y Túquerres con las costas del Pacífico, ni el valle de Popayán a los del Cauca y Patía, ni las sabanas de Bogotá a las riberas del Magdalena, ni las mesetas de Tunja a las llanuras de Casanare.

¿Y qué hacen los gobernadores? Simplemente son intermediarios y coordinadores entre sus municipios y el Gobierno. Mucho nos ahorraríamos sin gobernadores y a los órganos de control les quedaría tiempo para los carruseles en distritos y municipios. Y habría más ganancias líquidas sin licoreras. Cómo lamento que el amigo Álvaro tenga otra vez esa Cruz en Cundinamarca.

 

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