Por: Óscar Alarcón

MACROLINGOTES

Ni el presidente Barack Obama ni el candidato republicano Mitt Romney están seguros de su victoria. Si no lo saben ellos, menos el pueblo norteamericano y tampoco el mundo.

En las encuestas, un día gana uno y otro día el otro, y en muchas ocasiones el margen de error los muestra empatados. A quince días de los comicios, es muy difícil predecir qué puede suceder, sobre todo porque las normas no se prestan para interpretaciones ajustadas a la realidad.

En el muy complejo sistema electoral norteamericano puede suceder que un candidato obtenga un mayor número de votos y pierda. En 1876, Rutherford B. Haynes ganó a pesar de que Tilden obtuvo 251.746 votos populares de más; en 1888, Cleveland le ganó por 95.096 votos populares a Benjamin Harrison, pero éste resultó electo por haber tenido 233 delegados contra 168, y, el más reciente, fue hace doce años, cuando George Bush sacó 543.895 votos menos que Al Gore, quien perdió a pesar de lograr 50’999.897 votos.

Es que el pueblo norteamericano no elige directamente al presidente sino que integra un colegio electoral compuesto por miembros que previamente han dicho por quién van a votar, por eso se sabe anticipadamente quién es el ganador. Hay otra particularidad: el candidato que gana en un estado se lleva todos los delegados, así la diferencia sea pequeña (winner takes all). Hace doce años la incertidumbre del resultado se mantuvo por varios días ya que no se sabía quién, entre Bush y Gore, ganaba a los 25 delegados de la Florida, que eran definitivos. Por supuesto (mejor, por su puesto) que los ganó el primero porque su hermano era el gobernador de ese estado. De esa manera triunfó, a pesar de lograr menos votos. Es que más vale gobernador entre latinos que vicepresidente sajón.

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