Por: Óscar Alarcón

MACROLINGOTES

LÓPEZ MICHELSEN CONSIDERABA que García Márquez era el Vargas Vila de los nuevos tiempos.

Tamaña sorpresa se llevó tras conocer unas declaraciones del propio García Márquez, por allá de los años setenta, cuando se consolidaba su fama con Cien años de soledad, en las que dijo: “Yo soy el Vargas Vila de mi generación”. Claro que la similitud entre los dos no la hacía el expresidente por la calidad de la obra, sino por la cantidad de lectores que conquistaban. Vargas Vila fue el más importante panfletario que hemos tenido —Gabo nunca lo ha sido—, pero por allá a comienzos del siglo XX vendía tantos miles de libros que gracias a ellos pudo vivir en el exilio en Europa con solvencia económica, por muchos años. Murió en Barcelona en 1933.

La verdad es que de sus 108 libros publicados, hoy casi todos se desconocen y es mejor que permanezcan en el olvido. Como lo anota Malcolm Deas, hay sí un corto número de páginas que por ser ingeniosas, acertadas y hasta conmovedoras, bien vale la pena rescatar.

Cuando Vargas Vila pasó por Buenos Aires en 1923, Hugo Wast dijo que los libros del visitante eran lectura para su cocinera. Y el inculpado contestó que en las ciudades de segundo categoría, como Buenos Aires, las cocineras eran naturalmente más inteligentes que los críticos.

Mordaz contra la Regeneración de Núñez, tanto que eso lo obligó a vivir fuera del país. Cuando un escritor de su generación le comentó que ellos habían sido los únicos latinoamericanos que habían hecho fama y fortuna con la pluma, respondió: “Sí, pero con una diferencia, yo de pies y usted de rodillas”.

 

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