Por: Óscar Alarcón

MACROLINGOTES

Quién se podría imaginar que la cerveza serviría para hacer cultura. Pues lo demostró el industrial Julio Mario Santo Domingo, fallecido el pasado viernes.

Él, gracias a las ganancias de ese producto, tan consumido en los campos de tejo y en las viejas tiendas de rockola, pudo no sólo crear cultura, sino dejarle a Bogotá el Teatro Mayor y un centro que lleva su nombre, con biblioteca y salas de música consideradas como de las mejores de Latinoamérica. Por cierto, con un fino humor, declaró durante su inauguración que de los treinta y cinco mil volúmenes con que cuenta, él se había leído treinta y tres mil.

Pero sus inclinaciones culturales y literarias no sólo fueron en los últimos años. Hizo parte del Grupo de Barranquilla, con García Márquez, Ramón Vinyes, Germán Vargas, José Félix y Alfonso Fuenmayor, Alejandro Obregón, Álvaro Cepeda Samudio, Juan B. Fernández, entre otros. Ese grupo, en los años 1950 y 1951, publicaba la revista Crónica, semanario literario-deportivo, en buena hora rescatado en un reciente libro de Ediciones Universidad del Norte. Allí no sólo ellos colaboraban (está allí el cuento “Divertimento”, de Santo Domingo), sino que también “pirateaban” a escritores de la talla de Hemingway, Huxley, Kafka y Graham Greene.

Eso, como diría el exministro Abdón Espinosa Valderrama, era una forma de sacarle espuma a los acontecimientos.

Otro que gracias a la cerveza también pudo hacer cultura, fue el gran filólogo colombiano Rufino José Cuervo, recordado recientemente por el centenario de su fallecimiento. Gracias a la Cerveza Cuervo, que nació en 1871 (valía dos reales en la confitería de don Agustín Nieto, frente a la portería de Santo Domingo), pudo don Rufino residir en París muchos años y dedicarse exclusivamente a escribir su Diccionario de Construcción y Régimen de la Lengua Castellana. Su hermano Ángel la promocionaba entonces diciendo que quienes la tomaran “podrán ser más rubicundos y fornidos que el inglés más jayán”.

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