Por: Óscar Alarcón

Macrolingotes

MIGUEL ANTONIO CARO, QUIEN SE jactaba de no haber salido jamás de la Sabana de Bogotá, pronunció un largo discurso en el Senado el 9 de agosto de 1904 en donde, entre otras cosas, trataba de establecer el precio en que Judas Iscariote vendió a Jesús. Según nuestras Sagradas Escrituras lo hizo por 30 monedas de plata.

Este ilustre lingüista, en esa exposición, dio una lección profunda de economía y también de la historia romana. Sostuvo que el denario era la principal moneda de plata del Imperio. La plata, precisó, no era pura, era la aleación media entre la plata misma y el oro. Haciendo los cálculos en relación a las monedas modernas, o el valor intrínseco de la plata, aseguraba Caro que los 30 denarios se traducirían en 50 dólares, en dinero de 1904.

Sin embargo sostuvo, a renglón seguido, que las monedas de plata a las que se refiere el Evangelio se cree que eran el siclo, que tenía una equivalencia con el denario, lo que lo hizo concluir que las 30 monedas de plata equivalían a 18 dólares que era entonces el precio de un esclavo.

Si esos cálculos son correctos, el pobre Iscariote era más ingenuo que un tarjetahabiente de DMG y todo indica que lo tumbaron, y ante la imposibilidad de meter la plata en una pirámide, le tocó exclamar, como a cualquier oyente de la W: “Julito, no me cuelgue”. Y  él mismo tuvo que ponerse la soga al cuello.

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Ese Miguel Antonio Caro era maloso. Nos quiso meter en la dictadura del poetariado y no gustaba del general Reyes. Tanto que una vez la comentaron:

–¿Sabe que el general Reyes está medio loco?

–Entonces ha mejorado —respondió.

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