Por: Óscar Alarcón

Macrolingotes

LA ÚLTIMA VEZ QUE VINO A BOGOTÁ Óscar Vélez Marulanda fue hace unos ocho años, cuando el presidente López Michelsen convocó en el Club de Abogados a unos 20 amigos para invitarlos a almorzar.

Por intermedio de Diego Moreno, Jorge Mario Eastman y el Quique Marín se interesó en que llamaran a Pereira a Plumón, que “hace tanto tiempo que no lo veo”. Fue una reunión agradable en donde el mandatario escogió el menú, quiso que el bar estuviera abierto hasta las ocho de la noche y pagó la cuenta.

Como siempre Plumón reía con los apuntes que se relataban y, también como siempre, hablaba sin que nadie pudiera entenderle nada. Por algo el presidente López aseguraba que era el parlamentario que más claro balbuceaba. Y él se defendía diciendo que no era que hablara muy rápido, sino que la gente escuchaba muy despacio.

Mi tocayo —así nos decíamos— fue cacique político en Risaralda y promotor industrial en ese departamento. Con su jefatura se inició el presidente César Gaviria y varias de sus anécdotas, que fueron muchas para ese hombre tan gocetas, las relató Daniel Samper Pizano en Carrusel hace sólo 10 días, como una premonición de su fallecimiento.

Yo lo molestaba mucho con sus apellidos. Le decía Fijo Tiro porque tenía invertido los apellidos de Tirofijo. Pero él, por el contrario, era un hombre de paz que le encantaba ayudar a la gente y aconsejar, no sé como por qué ninguna palabra se le oía con claridad. De allí su éxito político.

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Cuentan que un paisano se lo encontró en el aeropuerto de París y, con sorpresa, al verlo le preguntó qué hacía allí. “Esperando el avión para Pereira”, contestó con la naturalidad provinciana que le era característica.

Así era el inolvidable Plumón, quien se jactaba de haber sido el último gobernador del Viejo Caldas, al que le habían entregado un departamento y había devuelto tres.

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