Por: Óscar Alarcón

Macrolingotes

EN COLOMBIA, LOS CANDIDATOS PREsidenciales se creen inmortales. Por lo menos así lo demuestran cuando escogen a su vicepresidente.

Esta figura, nacida en la Constitución estadounidense de 1787, allá sí ha sido efectiva varias veces. Mataron a Lincoln, a Garfield, a McKinley, a Kennedy, y tomaron el poder los vicepresidentes, quienes estaban a un tiro de asumir. Murieron, como presidentes, Harrison, Taylor, Harding y Roosevelt (Franklin) y Nixon renunció. A todos ellos los sucedieron los vicepresidentes, y eso que a esa figura allá la llaman “Su excelencia superflua”.

En el Brasil hubo un caso muy curioso. El 15 de marzo de 1985 debía posesionarse el presidente electo Tancredo Neves, después de muchos años de dictaduras. Horas antes, en la madrugada de ese día, debió ser operado de urgencia de una inflamación de colon. Ante la imposibilidad de asumir, le correspondió hacerlo al vicepresidente José Sarney. A pesar de que los médicos dieron inicialmente informes muy favorables, el presidente electo falleció y el vicepresidente ejerció por todo el período.

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La figura de la vicepresidencia, en nuestro país, ha existido en distintas épocas, la última de las cuales fue instituida en la Constitución de 1991 y, afortunadamente, nuestros gobernantes han contado con buena salud y la violencia que hemos padecido no ha llegado hasta nuestros presidentes, pero sí muy cerquita, a los candidatos: Gaitán, Galán, Pizarro, Pardo Leal, Jaramillo, entre otros. En la actual campaña los aspirantes han inscrito sus compañeros fórmulas y a muchos de sus electores no les ha llamado la atención su escogido. Y a mí me han comentado: “ellos se creen inmortales”.

Dios quiera que la tragedia no pase, pero casos se han visto. De todas maneras la función de muchos vicepresidentes de varios países se limita a preguntar todas las mañanas: “¿Y hoy cómo amaneció el presidente?”.

 

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