Por: Óscar Alarcón

MACROLINGOTES

Mañana llega a la edad envidiable (90) el maestro del periodismo José Salgar. Vinculado toda su vida a esta casa, tanto en El Espectador como en El Vespertino, donde fue director de ambos. Fue, junto con Guillermo Cano, quien descubrió como cronista a García Márquez y a quien le recomendó que para hacer buenos relatos debía “torcerle el cuello al cisne”.

Gracias a ese consejo pudo ser el reportero estrella del periódico y producir maravillosas historias como el Relato del náufrago, en el que describió la hazaña de Luis Velasco, un marinero de un destructor de la Marina colombiana que en febrero de 1955 estuvo 10 días a la deriva en una balsa sin comer, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de belleza y hecho rico, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado. La tragedia se debió a que en el destructor llevaban contrabando del gobierno.

La historia, que iba a aparecer en dos entregas, agotó las ediciones y Salgar, con ese olfato periodístico que tiene, le ordenó al joven reportero: “No sé cómo vas a hacer, pero esta historia da como para veinte entregas”. Así era el maestro. Recuerdo cómo todas las tardes, cuando yo comenzaba este oficio, tomaba una cuartilla, la doblaba en cuatro pedazos y en uno de ellos dibujaba la primera página al tiempo que jugaba con un lápiz y luego pasaba por cada uno de los escritorios de los periodistas organizándoles el trabajo y dándoles el título de una noticia que aún no habían escrito. Le oí decir una vez a García Márquez que Salgar era uno de los mejores periodistas que había conocido, pero al mismo tiempo señalaba que El Espectador era “la explotación del hombre por el mono”. Así lo llama, mono, por ese cabello que, a pesar de los 90, no tiene nada de Cano. Salgar poco escribía, pero era un excelente organizador y titulador. Se limitaba a publicar diariamente su columna “El Hombre de la Calle”. Hoy, retirado, con el mismo garbo de cuando lo conocí hace más de 40 años, está dedicado a otra de sus más grandes pasiones: viajar. Por eso sigue siendo un hombre de la calle, con 90 años y con muchas millas para seguir volando.

 

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