Por: Óscar Alarcón

Macrolingotes

Es una verdad de a puño. De 1945 a hoy, la historia nos muestra más de quinientos casos de transiciones posconflictos que incluyeron una amnistía, y desde los años setenta al menos catorce países (entre ellos España, Mozambique y Brasil) otorgaron amnistía a regímenes culpables de graves violaciones a los derechos humanos.

En Sudáfrica, la amnistía fue un elemento clave del proceso de “verdad y reconciliación” que hizo posible poner fin a más de cuatro décadas de gobierno de la minoría blanca y lograr una transición pacífica hacia la democracia.

Recientemente anotaba en El País de Madrid, Shiomo Ben Ami, exministro israelí de Asuntos Exteriores, que tras las infinitas atrocidades cometidas por las Farc en Colombia, el presidente Santos, en vez de lanzarse a vencer a los insurgentes como fuera, eligió el camino políticamente más difícil: la búsqueda de un acuerdo negociado. “Esto es señal, agregaba, de que está dispuesto a hacer lo que sea para proteger de más violencia a las comunidades rurales que tanto la han sufrido”.

La paz negociada es un camino. Sus enemigos, a pesar de que aclaran que también les gusta la paz —¿serán enemigos de Santos?—, no encuentran argumentos para criticar los acuerdos de La Habana. Hace un año decían que todo era una comedia, que ya todo estaba hecho. El tiempo ha demostrado que nada de ello era cierto. Hoy afirman otra cosa. Tan pronto se conoció el documento de la semana pasada manifestaron que no entendían la razón para tanto alborozo porque todo lo allí consignado estaba en la Constitución. Entonces, ¿qué les preocupa? Después, que lo que se pretende es otra cosa que todavía no está escrito. La única verdad es que el proceso apenas comienza, que lo que se diga son simples especulaciones. ¿Cómo será la reconciliación y la búsqueda de responsabilidades? Eso es algo que falta por discutir. Ojalá que al final, la paz sea un Tirofijo.

 

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