Por: Mauricio Rubio

Madame y la dominatriz

Tras meses de seguimiento y pesquisas con apoyo norteamericano, fue capturada en Cartagena Liliana del Carmen Campos, alias Madame. La Fiscalía la señala de liderar una red de proxenetismo.

Trabajaba con un ciudadano israelí expulsado del país y pedido en extradición por tráfico de drogas. El otro socio era un infame capitán de la Armada que tatuaba jóvenes después de abusar de ellas.

Madame se encargaba de reclutar mujeres, menores y mayores de edad, “a quienes invitaba a fiestas en yates, fincas y hoteles para relacionarlas con los clientes”. Antes de cada evento, “hacía una pasarela para seleccionar a las niñas”. Previamente las entrenaba con videos sobre cómo comportarse en fiestas privadas. Había creado un catálogo para una clientela internacional en Cartagena y el Caribe. Para atender nacionales, tal vez tenía acuerdos con los burdeles bogotanos especializados en magistrados y políticos.

Conocía los secretos del oficio pues lo ejerció por un tiempo. Estuvo presa en los EE. UU. por tráfico de heroína. Al volver montó su pujante negocio en un apartamento de Bocagrande, una casa en Manga y otra en Crespo. Allí subarrendaba habitaciones a mujeres que, según una nota de prensa, “llegaban de Medellín, Cali, Bogotá, Pereira y Barranquilla, así como de otros países, especialmente Venezuela”. Esta anotación, la pasarela, los viajes y algunos videos de las rumbas muestran que la explotación sexual puede ser una aventura voluntaria. No se conoce la proporción de jóvenes en la nómina de Madame, algo que no preocupa a los gringos: allá siempre es delito. Acá por fin hubo respuesta contundente: cuatro extranjeros fueron pedidos en extradición por pagar sexo con menores de edad.

Los fiscales retuvieron agendas en las que Madame anotaba minuciosamente la actividad de sus pupilas: como mínimo registraba cada usuario, el pago y el lugar del encuentro. Así los sabuesos sabrán el perfil y poder de los clientes tanto del bajo mundo como de la política, el gobierno y el mundo empresarial. En sus casonas Madame había instalado cámaras de seguridad para vigilar los encuentros y acumular jugosísima información. No sorprende que al ser detenida anunciara que prendería el ventilador: “Durante su ingreso a los juzgados amenazó con revelar nombres de políticos y hombres poderosos que fueron clientes de su red”. 

La desafiante Madame recuerda a Terri-Jean Bedford, una dominatriz canadiense que, ya retirada, seguía paseándose por las calles con abrigo de cuero negro y un pequeño látigo. En 2013 no tuvo inconveniente para comparecer ataviada así ante un tribunal de justicia y afirmar desafiante que “este va a ser el día del ajuste de cuentas aquí en Ottawa”.

La dominatriz trabajó codo a codo con dos prostitutas para lograr que la justicia canadiense declarara inconstitucional buena parte de la legislación en contra del comercio sexual. La Corte de Apelación de Ontario tumbó incluso la parte del Código Penal que prohibía los burdeles con el argumento de que ponía en peligro a las trabajadoras sexuales al echarlas a la calle. Preguntándose hasta qué punto se debían criminalizar ciertas actividades de apoyo a la prostitución, la misma Corte limitó los alcances de la sección que penalizaba vivir del producido del negocio para permitir actividades como guardaespalda, contador o recepcionista y hacer explícito que las provisiones debían aplicarse sólo en circunstancias de explotación. Casos como el de Terri-Jean, especializada en atender hombres masoquistas, muestran que la pretensión de que en el mercado del sexo todas las mujeres son sometidas por los clientes a veces parece un mal chiste.

A la histórica sentencia, el gobierno canadiense respondió con un proyecto de ley que, siguiendo el modelo sueco, legalizaba la prostitución pero penalizaba a los clientes. Terri-Jean acusó al primer ministro de perpetuar legislación perversa. “Está haciendo lo que el crimen organizado quiere que haga”. En ese momento advirtió que, si la ley se aprobaba, ella no dudaría en hacer pública “una gran cantidad de información y pruebas sobre políticos en este país. Lo prometo”.

Al final se decidió criminalizar a los demandantes de servicios sexuales y la amenazante dominatriz no cumplió su promesa de revelar pormenores de su clientela. Sin duda no quiso quebrantar una regla básica del oficio: total silencio y discreción, como el secreto profesional o la confesión. Aguantó la indignación y toleró la hipocresía para no perjudicar a sus colegas.

La Madame cartagenera tampoco destapará a sus clientes poderosos, criminales o no. Además de las razones de la canadiense, querrá salvar su pellejo. En Colombia la frontera entre el establecimiento y las mafias es tan porosa que ni siquiera sus contactos con matones profesionales bastarían para protegerla. Las amenazas servirán para recordar que, a pesar del lobby feminista internacional, ciertos asiduos de la prostitución glamurosa jamás serán penalizados. Si acaso, se incomodarán cuando las autoridades competentes no estén bien aceitadas.

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