¿Cómo será el protocolo cuando lleguen los colombianos de Wuhan?

hace 24 mins
Por: Pascual Gaviria

Made in USA

HA PASADO MENOS DE UN AÑO Y MEdio desde que unas palabras sencillas (Hope, Yes, we can), mantras corrientes de las campañas electorales, lograron que Estados Unidos y el mundo hablaran de una nueva era.

Parecía que el ideario entre cínico y provinciano de George W. Bush no había sido más que un tropiezo superado. Ahora la política reconocería los matices, apelaría a la inteligencia más que a los impulsos del orgullo nacional y lograría que el Estado centrara su lucha en preservar unos valores antes que acabar con unos enemigos.

Pero el péndulo ha regresado muy pronto. El viento indescifrable de la política y el huracán de la economía lo han llevado de nuevo hasta la orilla opuesta. Y Obama, el ídolo de hace poco, ahora sólo resulta simpático cuando habla de las reglas que impone como padre de familia. Hace poco dijo que sus hijas no veían televisión entre semana y el público estadounidense lo miró de nuevo con algo de ternura.

Más allá de las habitaciones de Malia y Sasha el ambiente no es el mejor. Los republicanos se acercan paso a paso a la derecha insubordinada y fanática. Hasta Sarah Palin parece moderada frente a los recientes discursos en la Conferencia de Acción Política Conservadora. En ese escenario el gobernador de Minnesota, con un swing bien oportuno, dijo entre risas: “Deberíamos hacer como la esposa de Tiger Woods, tomar un hierro 9 y romper la ventana del Gran Gobierno”. Los temas de la Conferencia fueron diversos: la lucha contra la tiranía de Washington, la resistencia contra los recaudadores de impuestos, cómo salvar la libertad amenazada, la rendición de Obama ante la Yihad y Ahmadineyad.

Todo ha coincidido con una imagen tan conocida como inquietante: una pequeña avioneta entrando por las ventanas de un edificio de impuestos en Austin, Texas. Joe Stack era el piloto y antes de su venganza contra el gobierno federal dejó un confuso memorial de agravios. Alguna de sus frases podría acompañar muy bien los avisos en las camionetas parqueadas en la Conferencia Conservadora: “Pro vida, Pro armas, Anti Obama”. Parece que el comienzo de la furia de Joe Stack fue la negativa de la oficina de impuestos de reconocer su casa como una iglesia, el templo de un credo individual, para así evitarse el pago de algún gravamen. Ese detalle representa bien el ideario de los fanáticos conservadores en Estados Unidos: cada hombre es una iglesia, cada hombre es un santuario que no tiene por qué recibir la visita de los burócratas, los paganos que representan al gobierno. Un credo similar se aplaudió con rabia en la citada Conferencia: “Nuestros derechos no emanan del Estado, emanan de Dios”.

Mientras el ejército de Estados Unidos pide disculpas cada semana por el bombardeo de civiles en medio de su cacería de terroristas y fanáticos talibanes en Afganistán, la gente en las calles de Texas mostraba una cara que combinaba el reproche y la comprensión por la “acción desesperada” de Joe Stack. Pocos medios mencionaron la palabra terrorismo al hablar del ataque que dejó un funcionario muerto y doce heridos. Incluso Scott Brown, el senador elegido recientemente por Massachusetts, pareció dispuesto a disculpar la furia del evasor-kamikaze: “Usted no sabe nada de ese individuo. Él pudo haber tenido otros problemas. Ciertamente a nadie le gusta pagar impuestos”. El fantasma de Timothy McVeigh, ejecutado por la bomba en Oklahoma, está más vivo que nunca. En los pupitres de las escuelas está su credo poético: “No importa cuán angosta sea la puerta/ Ni cuán lleno de castigos esté el pergamino/ Yo soy el dueño de mi destino:/ Yo soy el capitán de mi alma”.

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