Por: Adriana Cooper

Madrugar

El sol apenas ha disparados sus primeros rayos de luz y afuera ya hay vidas enteras que corren. En el metro hay vagones llenos de gente y metros arriba tres niños vestidos con uniforme esperan la llegada del bus escolar. En el salón de la universidad un profesor saluda a sus estudiantes. El cielo aún está diáfano y el viento ni siquiera ha dibujado sobre la hierba. El reloj anuncia que son las seis y afuera ya hay vidas enteras que corren. Estas imágenes se ven en Medellín y en algunas ciudades de Colombia. No ocurre en los pueblos cercanos al mar donde los pescadores o recolectores de plátano parecen ser los únicos que se levantan a recibir el amanecer. Tampoco sucede en ciudades como Londres, Madrid, Jerusalén, Buenos Aires, Nueva Deli, Filadelfia o Lima. Allí las clases y jornadas laborales empiezan alrededor de las 8 de la mañana o después. Incluso varias escuelas en Estados Unidos cambiaron sus horarios recientemente para que las familias puedan comenzar más tarde y con más conciencia o lucidez. También para que puedan desayunar juntos, para que los padres puedan llevar a sus hijos al colegio y conversar con ellos en el camino o simplemente para que la gente pueda hacer ejercicio, rezar, hacer la lista de tareas, hablar con su pareja, meditar o sentir la calma. En lugares como Medellín esto último no se ve mucho. Probablemente por esa herencia campesina que llevó a nuestros antepasados a levantarse con el cielo de noche para cultivar la tierra, alimentar los animales o preparar el primer café del día. O porque “al que madruga Dios le ayuda”. La herencia persiste e incluso hace ver sospechoso al que empieza a trabajar a las 9 o pide que la reunión sea más tarde. En esta tierra, madrugar es visto como una virtud, un sinónimo de alguien correcto y confiable. Hasta el punto que algunos declaran con sentimiento de vergüenza un hecho tan humano como acostarse tarde o quedarse dormido. Otros responden con satisfacción haberse levantado a las tres cuando uno les cuenta que por temas laborales o un hábito específico, empezó el día a las cuatro. El tema no se limita al trabajo o estudio. También se traslada a actividades menos urgentes. Es normal para muchos que cortadoras de pasto o taladros de asfalto griten un domingo antes de las 7.

La ciencia no está tan de acuerdo con este punto de vista. Además de las teorías del biorritmo particular, algunos expertos en neurociencias como Raphael Vallat afirman que aunque el cuerpo esté despierto y vigilante, al cerebro le toma más tiempo volver al mundo tangible. Y acelerar esta transición ni siquiera la arregla la cafeína. En Medellín algunos colegios ya estudian la posibilidad de empezar más tarde su jornada. Hay oficinas que ya le permiten a los empleados manejar su tiempo. Algunos opositores a estas medidas se preguntan qué hacer con los niños en la casa mientras empiezan las clases o qué tanto se reduciría la productividad laboral. La respuesta la dio el actual gobernador de Antioquia Aníbal Gaviria cuando era director del periódico El Mundo y un practicante se quejó por la hora de salida después de cerrar la edición: “no me sorprende el número de horas que una persona permanece en un lugar o dedica a su trabajo, sino lo que es capaz de lograr”.

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