Por: María Elvira Samper

Maduro, el heredero

No cabe duda, el presidente Chávez marcó un antes y un después en la historia de Venezuela. Para bien y para mal.

Muerto el caudillo, múltiples interrogantes se abren sobre el futuro de ese país y del proyecto chavista, y sobre su seguro sucesor, Nicolás Maduro, ungido por el caudillo como su heredero. ¿Pueden sobrevivir el chavismo y la revolución bolivariana sin su gran timonel?

Maduro carece del carisma personal que tenía Chávez y de su extraordinaria capacidad para conectar emocionalmente con las masas, y aunque los tres meses de ausencia del presidente le sirvieron para “calentar el brazo”, subir el perfil y asumir en primera persona el beligerante discurso antiimperialista y la promesa de profundizar el proyecto revolucionario, su popularidad está directamente relacionada con el endoso que le hizo el mandatario poco antes de su último viaje a La Habana, cuando sintió que la vida se le escapaba. Desde la tumba, Chávez será el jefe de la campaña oficialista, el ícono, el leit motiv, la inspiración… Maduro cabalgará sobre el clima altamente emocional que dejó la muerte del líder, ganará sobre los hombros de un muerto ya convertido en mito.

Sin embargo, para Maduro no será fácil la tarea que supone mantener la unidad del chavismo, pues éste carece de la estructura y la fortaleza institucional necesarias para sobrevivir indefinidamente al hombre que, sintiéndose imprescindible, llegó a decir “después de mí, el vacío, el caos”, y porque si las pugnas internas hoy parecen conjuradas por la necesidad de mantenerse en el poder, irán saliendo a flote con el paso del tiempo. En cuanto a las expectativas y posibilidades de profundizar el proyecto social que hizo de los pobres el centro de la agenda pública y apuntaló las 14 victorias de Chávez y su revolución bolivariana, el heredero se enfrenta a las realidades de una economía estancada, con inflación acelerada por la devaluación, que golpea el poder adquisitivo de las clases populares y medias; el déficit fiscal y la deuda pública por las nubes; desabastecimiento de productos básicos y apagones —entre otros problemas—, que anticipan la crisis de un modelo dependiente en exceso del petróleo y del Estado, cuya eficiencia cuestionó el propio Chávez cuando —en diciembre pasado— reconoció la mala planificación, los controles escasos, obras paralizadas, fábricas improductivas, desviación de recursos… Y dos problemas adicionales: un alarmante aumento de la violencia que afecta sobre todo a los pobres, y la corrupción en las altas esferas del poder, tolerada por el extinto mandatario.

No es viable para Venezuela seguir por el camino de agigantar el Estado, ni es sostenible un régimen edificado sobre el liderazgo carismático de un caudillo que concentró el poder y que restringió la democracia en el proceso paulatino de eliminar el sistema de contrapesos y de coartar los derechos de la oposición y restringir la libertad de prensa. Sin embargo, no será esta la oportunidad de la oposición, cuya unidad es más frágil que la del chavismo y cuyo probable candidato, Henrique Capriles, registra en las encuestas más de 10 puntos por debajo de Maduro. El efecto Chávez predomina y a juzgar por las multitudes que se han manifestado en Caracas para darle el último adiós al timonel de la revolución bolivariana, hay más pueblo con el chavismo que con la oposición.

 

 

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