Por: Gonzalo Silva Rivas

Maduro y biche

El complejo escenario económico y político de Venezuela -agravado por los preocupantes episodios de los últimos días- viene dando al traste con las escasas esperanzas de recuperación de su sector turístico, que afronta varias décadas de vacas flacas, incluido aquel período previo al sonido de campanas que en 1999 le entregó el poder a la revolución bolivariana.

Tal y como sucede con la mayoría de las naciones latinoamericanas, en Venezuela esta industria es manejada con cierta indolencia por los gobernantes de turno, a quienes tanto trabajo les cuesta entenderla y visualizarla como un motor estratégico para el desarrollo nacional. Pese a ser un país que por sus múltiples recursos naturales resulta atractivo para los visitantes, la falta de inversión estatal en infraestructura pública para el sector resulta cada vez más preocupante.

Agravada por la inacción de los últimos tiempos, Venezuela corona una etapa crítica. Carece de aeropuertos modernos; vías de comunicación adecuadas; eficientes sistemas de transporte público y privado, y apropiada señalización. La mano de obra en su hotelería, cuya oferta se acerca a 125 mil habitaciones, tiene poca preparación en atención y servicio. Y su aerolínea bandera, Conviasa, atraviesa por momentos difíciles, que repercutieron con su salida temporal del sistema de reservas más importantes del mundo.

La pérdida de conectividad aérea, consecuencia de la drástica disminución de frecuencias y sillas ocurrida en meses recientes a causa de la elevada deuda que el Gobierno tiene con las aerolíneas, es otra sombra que se desliza bajo el horizonte. La restricción de vuelos disminuye la movilización aérea y reduce las opciones de viaje para turistas y nacionales, advirtiendo un conato de parálisis sobre el que no se vislumbran soluciones a corto y mediano plazo.

Ante la carencia de una política pública integral en materia turística, el gobierno bolivariano procura contrarrestar el verano con altas inversiones en propaganda local y con su participación en ferias internacionales. Sin embargo, la situación de crisis que se difunde ante el mundo hace que los resultados sean poco alentadores. El creciente fenómeno de inseguridad le ha quitado al país generosos mercados emisores provenientes de Estados Unidos y Europa Occidental. Problemas adicionales, como el desabastecimiento de productos básicos y las tensiones políticas que sacuden las relaciones con líderes y sectores de la oposición, reflejadas en revueltas y protestas públicas, restringen aún más las buenas intenciones de los turistas que alimentaban su debilitada industria doméstica.

Venezuela recibió el año pasado 710 mil visitantes extranjeros, buena parte de ellos nacionales residentes en el exterior, cifra considerablemente baja e inferior a las 986 mil que arribaron al país durante 2013. Su situación contrasta con lo que sucede en Colombia –con la que existen grandes equivalencias-, donde los datos del Gobierno indican que para 2014 llegaron del exterior cuatro millones 200 mil viajeros. Esa gradual pérdida de flujos turísticos coloca a la República Bolivariana en el sótano de los destinos de América Latina, atrás de El Salvador y Haití.

Dadas las barreras económicas y políticas, el 12 de febrero el gobierno lanzó un nuevo sistema de control cambiario que abarata los servicios del sector pagados con tarjetas de crédito, en un intento por potenciar el turismo receptivo, y obviamente frenar la escasez de dólares e incrementar los ingresos nacionales, severamente golpeados por la caída en los precios del petróleo. Se le coloca chaleco salvavidas a una industria que trata de sobrevivir entre paradojas, como la de tener –en el marco de la grave crisis actual- un presidente Maduro y un turismo biche.

 


gsilvarivas@gmail.com
 

 

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