Por: Gustavo Páez Escobar

Maestro de periodistas

Puede decirse que José Salgar, en materia periodística, es uno de los Cano. Ningún otro periodista estuvo tan cerca de esa la familia, ni libró tantas batallas por la subsistencia de El Espectador. Hoy ya han desaparecido los valerosos y brillantes conductores del diario en la antigüedad, pertenecientes a una escuela que no volverá a repetirse. Queda José Salgar.

Llega él a los 90 años con plena lucidez mental y en medio de la admiración y el aplauso de quienes todavía vivimos para dar fe de ese periodismo ejemplar que desde finales del siglo XIX y durante buena parte del XX escribió las mejores páginas en la historia de la noble profesión. Séame permitido decir que este hecho no se aprecia en los tiempos actuales, que se mueven con moldes muy distintos a los que existían cuando Fidel Cano fundó El Espectador, en 1887, en una casa destartalada de Medellín.

En reportaje de María Isabel Rueda, manifiesta José Salgar en relación con la diferencia que hay entre el periodismo de su época y el actual: “Nunca hay mejor o peor. Hay distinto. El periodismo hay que estar inventándoselo todos los días. Ahora no hay periodismo. Hay comunicaciones. En mi tiempo era un apostolado, un servicio público, la gente no pensaba en ganar ni en volverse rica, sino en decir su verdad bien dicha”.

Esas normas de oro presidieron su ejercicio en El Espectador a partir de los 13 años de edad, cuando al pie del cañón, como en las guerras, aprendió las labores más rudimentarias, escaló posiciones y se volvió figura clave del periódico. Sus maestros lo reconocieron como una columna vertebral de la empresa. Y él, a su turno, se convirtió en un maestro. Llegó a ser uno de los cerebros de la vida noticiosa y de la política editorial del diario. Su talento fue reconocido en la prensa nacional. Enrique Santos Castillo le propuso que se  pasara a trabajar con El Tiempo. Pero no lo hizo: era uno de los Cano. Y fue siempre leal con esa casa.

Bajo su orientación se formaron grandes periodistas, entre ellos, Gabriel García Márquez. Una lujosa nómina de redactores producía con sus crónicas novedosas, y algunas magistrales, las páginas más destacadas de la prensa colombiana. Regidos por la moral y la ética, y con la sabiduría adquirida en el desempeño práctico, esforzado y productivo del “mejor oficio del mundo”, esos periodistas crearon la mejor escuela que jamás ha existido. El Espectador llegó a ser el periódico más leído del país.

En sus respuestas a María Isabel Rueda, revela José Salgar hechos secretos que solo hoy, con ocasión de sus 90 años, saca a la luz pública. Dice que uno de sus objetivos fue el de chiviar a El Tiempo, el competidor tradicional. Cuando Eduardo Santos se posesionó de la presidencia de la república, hizo con él un pacto singular, dado el aprecio y la confianza que le tenía: las noticias de relieve se las confiaría a él, y no a su propio diario. Cuestión de ética. De esta manera, El Espectador se dio el lujo de anticipar, por ejemplo, las primicias sobre nombramientos de ministros.

Cuenta que en momento crucial de la vida de su periódico no fue nombrado director en propiedad debido a que Gabriel Cano dejó establecido que ese cargo sería ocupado siempre por alguien de la misma familia. Qué ironía. Si Gabriel Cano hubiera previsto los hechos que llevaron a la venta del periódico, habría pensado distinto.

Se encuentra en receso El hombre de la calle, la columna emblemática de José Salgar durante muchos años, en la cual trató infinidad de temas del acontecer cotidiano. La última nota la publicó el 4 de junio de 2010 y lleva un título que, acaso sin él pensarlo, se vuelve premonitorio: “Después de la tempestad…” Me ha dolido cerciorarme de este hecho oculto. Difícil explicarse este silencio, que no parece voluntario, sino forzado, del decano del periodismo nacional. De todos modos, su nombre pasará a la historia.

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