Por: Fernando Araújo Vélez

Mahler y Freud

La alegría y el dolor se le juntaron a Gustav Mahler cuando apenas tenía 10 años, una mañana en la que salió de su casa, despavorido, luego de haber presenciado una agria pelea entre sus padres.

Desde entonces, él mismo se lo admitió a Sigmund Freud el 26 de agosto de 1910 mientras caminaban por las calles de Lieden, Holanda, su percepción del mundo y de la música cambió. Lo banal y lo trascendente, la solemnidad y lo trivial, unidos e inseparables, fueron, en adelante, su esencia. Años más tarde sufrió la muerte de seis de sus hermanos, y el suicidio de uno de ellos.. Sólo la música aliviaba su pena, aunque parte de esa música, sus trabajos entre 1901 y 1904, fuera un homenaje a la muerte, titulada Kindertotenlieder (Las canciones de los niños muertos).

En 1907, cuando pereció su propia hija, María, Mahler fue acusado por su esposa, Alma Schindler, de haber llamado a la muerte con sus canciones. Aquel fue el comienzo del fin de una relación tormentosa. Schindler se apartó de ella inmersa en diversos amoríos que su esposo descubrió por una carta equivocada del arquitecto Walter Gropius, quien años después fundaría el grupo Bauhaus. Gropius escribió en el sobre señor Mahler, en lugar de señora Mahler. La muerte, el rechazo y el fracaso llevaron a Gustav Mahler a pedirle una cita a Freud en tres ocasiones. Dos veces se arrepintió. El encuentro decisivo fue en Lieden, que traduce sufrimiento. Mahler contó la historia del organillo, habló de la muerte y del amor. Freud concluyó que nadie como Mahler había conjugado tan bien la lucha entre el eros y el tánatos. Poco menos de un año después, relataría el crítico Alberto Soler, Freud supo de la muerte de Gustav Mahler y le envió a Alma Schinler su cuenta de cobro por la sesión de Lieden. Seiscientos dólares.

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