Por: Rodolfo Arango

Mal comienzo

Comenzó mal el nuevo movimiento político Puro Centro Democrático. La derecha radical siempre ha sido desafiante, temeraria, prosopopéyica.

Detrás de sus proclamas salvíficas se esconden torvos intereses. María Isabel Rueda ha distinguido acertadamente entre la crítica legítima y la agitación militar contra el Gobierno. El agasajado exministro Londoño y ahora promotor político ostenta una sanción disciplinaria con inhabilidad de doce años, lo que no le ha impedido presentarse como adalid de la patriótica corriente de pensamiento. No importó ese detalle a los organizadores de la oposición ultramontana. El líder del movimiento, el carismático expresidente Uribe, arrastra tras de sí una notable estela de inhabilitados, condenados, reos y prófugos de la justicia que lo acompañaron o apoyaron políticamente en su gobierno, ese gobierno cuyo período resultó doblado gracias a la compra de votos en el Congreso. ¿Le alcanzará el tiempo al nuevo fiscal Montealegre para acusar y llevar a término el proceso contra los ministros Sabas y Palacio, sindicados del entuerto?

Habla mal del estado de la política en Colombia que la nueva opción electoral sea tan poco perceptiva y autocrítica. En cualquier nación civilizada del mundo, y el país aspira a ser algún día una de ellas, un líder con tanta ceguera para rodearse bien en el manejo de los asuntos públicos estaría condenado al fracaso. El electorado no es un grupo suicida. En la práctica lo que sucede parece ser que el naciente movimiento se erige sobre sentimientos de conveniencia por el hastío hacia las Farc o sobre la indiferencia general hacia actos delictivos justificados en razones de Estado. El país se merece mejor representación política que la ofrecida por el nuevo grupo de prestidigitadores. La movilización popular se alimenta, por fortuna, de la indignación que genera la desfachatez de tanto sujeto sub júdice.

En esta coyuntura ni el ministro de Vivienda Vargas Lleras se salva. El número de senadores y representantes de Cambio Radical condenados por parapolítica habla muy mal de sus calidades para ocupar el solio de Bolívar. Sufre de similar ceguera que Uribe al momento de escoger sus apoyos y compañeros de viaje. El país no descansará hasta esclarecer toda la verdad sobre los actores de la violencia. Por eso no es comprensible que el presidente Santos escamotee su deber de sacar a la luz “los trapitos sucios de Uribe”, así crea que guardándolos les evita males mayores a los colombianos. Muy por el contrario, si no lo hace, la indignación ciudadana podría impedir en las elecciones la continuidad de su gobierno en un segundo cuatrienio. Ha llegado la hora de un frente amplio por la decencia, la justicia y la paz, liderado desde la sociedad civil por juventudes deseosas de un verdadero cambio.

Sabido es que Mancuso afirma tener pruebas de los vínculos entre políticos y paramilitares en Urabá, Córdoba y Antioquia. Si el presidente Santos y el Tío Sam quisieran ser justos con un pueblo sufrido y cansado de la ilegalidad, tendrían que garantizar seguridad a la familia del jefe paramilitar. En este contexto resulta conveniente la tesis de la presunta persecución política de la justicia contra el uribismo. El escalonamiento de la crisis en el Partido de la U parece alertar sobre la vecindad de la tormenta. Cuando ésta llegue, ni una asamblea constituyente podrá evitar la intervención de la justicia internacional.

 

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