Sombrero de mago

Mal fiscal y ¿buen papá?

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Una realidad como la de Colombia no da para reír. Pero, en ocasiones, lo trágico se desliza hacia lo cómico. Y por mucho que se desee contener alguna hilaridad debido a que son más los motivos de abatimiento, aparecen en medio de situaciones biliosas, melancólicas y hasta esperpénticas unos figurines del poder que, con su pintoresca presencia de funámbulos, tornan la murria en chacota y las lágrimas en carcajada.

Es si no apreciar, por ejemplo, a una suerte de marioneta sin gracia ni talento en la Presidencia; o detener la vista en una vicepresidenta que, aunque no haya delitos de sangre, sí tiene rabito de paja. Y qué tal aquel que ya más que un rey de burlas, es un entripado que, por ser muy amigo del señor que quizá por la ñeñepolítica llegó al máximo cargo del país, lo nombraron en lo que él mismo, sin dársele nada, llama “el segundo cargo más importante” de estos breñales.

El sujeto que ha proclamado que no hay nadie de su edad más preparado que él, mejor dicho, más preparado que un yogur, o que un coctel James Bond, o un kumis, está en la mira panorámica de los que asistimos a esa especie de espectáculo grotesco en que se ha convertido el país pandémico. Sí, señoras y señores, el fiscal general de la nación (en minúsculas) no sabe en qué van las investigaciones de falsos positivos, ni en qué está lo de Odebrecht, ni por ejemplo el caso de la muerte de un testigo de excepción que terminó envenenado con cianuro, ni los asesinatos de líderes sociales, en fin, porque está más dedicado a hacer una mazamorra de viajes oficiales revueltos con viajes familiares.

Al señor de marras, que ha hecho quedar mal a Cantinflas, que sí era un genio, lo zarandean en las redes (no todavía la de los trapecistas), en las que no alcanza a ser un rey de burlas, ni siquiera un reyezuelo, sino una reencarnación del sobrador, pero, a la vez, del llorón, y, al mismo tiempo, del baboso. Su rol de fiscal, venido a menos, se columpia bajo la enorme carpa circense en la que el país trágico y desventurado, el de las banderas rojas del hambre, se camufla en las barrabasadas que suelta el funcionario. Y ya, para goce colectivo, abundan los juegos de palabras en torno a su apellido. Barbosadas son las que emite la babosa que cree que el país, pese a tantas miserias, es bobo.

En su viaje a San Andrés, con su hijita y una amiguis de ella, qué cuento de cuarentenas, que él señor no tiene con quién dejarla y hay que montarla al avión oficial, y como si fuera poco dice ante cámaras y grabadoras y libretas que nadie podía impedir que se subiera a un avión con su hija y una “amiguita cercana de ella”, pobrecillo, digo que el muy preparado señor fiscal (que parece es el único funcionario con hijos) es, hoy, en nuestro desgraciado país, un motivo de relajo. No sé si alcanzaron a hacerle trencitas en la isla (dicen las lenguas viperinas que sí, aunque no goza de abundancia capilar), pero ya los humoristas y satíricos advierten que se fue en un intercambio swinger (iban igual su esposa, que trabaja en la contraloría, y el contralor también cargaba su consorte, y todos, qué dicha, en avión oficial).

El viaje, entre laboral y personal, del señor que desempeña el “segundo cargo más importante” (vaya complejo de agrandado el que se gasta) del martirizado país ha dado para todas las consideraciones: es un soberbio, un ególatra, un descarado hablador de paja, alguien cuyo único mérito es ser amigo del presidente (o subpresidente) y así una cadeneta-punto-cadeneta de reacciones ante el funcionario que ya parece caracterizarse por avisar qué objetivo va a allanar.

La periodista Claudia Morales, al hacer una lista de cinco o seis fiscales que precedieron al actual, cuál de todos más maluco, dijo que el peor era Francisco Barbosa, mejor dicho, peor que el anterior lo cual es bastante decir. El fiscal, que, según se ha visto, ha puesto vocecilla dramática al asegurar que va a seguir viajando con su hija porque no puede dejar la familia (aquí pueden soltar un lagrimón), sabe (para eso está bien preparado) que está en ese puesto porque ahí lo nombraron para no incomodar, y menos a su amiguis el presidente.

Digamos que no hay muchos motivos para reír en Colombia, en medio de atropellos tan enormes como las violaciones de niñas de parte de militares, de las hambrunas inmisericordes, de la quiebra de industrias nacionales, del desastre agrario, en fin, pero sí se suelta, además de la indignación que producen sujetos investidos de poder como el fiscal, una risa contagiosa cuando el murmullo popular dice que si al “señor kumis” lo dejaran siquiera una semana en San Andrés, descubriría la vacuna contra el coronavirus.

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