Mala morada del mundo

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En una vida larga uno ha tenido ya tiempo suficiente para sentir ilusiones y decepcionarse muchas veces. Para esperar confiadamente y luego caer en la desesperanza. Para ver en dosis parecidas tragedias horribles y comedias risibles. En una vida larga y plena, después de tener hijos, sembrar árboles y escribir libros, lo cierto es que también nos ha tocado cortar árboles y abortar libros e hijos. Pese a haber evitado la pasión política, a punto de entrar en el otoño de la vida, uno ha vivido ya el amor a su país, el desamor, e incluso el odio a ese mismo país; el arraigo total a la tierra y el agridulce desarraigo del exilio. Colombia, al cabo de una larga vida, sigue teniendo un rostro desfigurado por el odio y la ira. Mi país, voy a decirlo aunque no quiera, es una mala morada del mundo.

Es un país enfermo poblado por enfermos. Un país en el que reinan el resentimiento, el rencor, la astucia, la malevolencia, la traición y, sobre todo, siempre y por encima de todo, la violencia. La violencia verbal y la violencia física; la absoluta falta de compasión; el desprecio y la burla por la empatía, siempre suplantada por el resentimiento y una sed de venganza amorfa (contra todo), destructiva y asesina. Un país de náufragos que chapotean en un denso lago de aguasangre y si alguien, desde la orilla, tiene la buena idea de tender una mano para auxiliar a uno de los que se ahogan, el auxiliado preferirá mil veces morder esa mano o arrastrar a ese alguien a que se ahogue también, porque considera que todos los que se salvan son indignos. El odio, aquí, es mucho más intenso que el instinto de supervivencia. Con tal de que muera el que yo odio, me muero tranquilo.

No, este no es un país bueno para los viejos, pero tampoco es bueno para los jóvenes. No es un buen país para ser policía (una policía enferma de ese odio dictado por el miedo), ni buen país para ser joven indignado. El éxtasis, el orgasmo de unos está en el incendio de los bienes públicos; el de los otros, en la cabeza o el pecho del que brota sin freno la sangre de la vida, hasta apagarse para siempre, de modo que alimente más odio, más incendios y nuevos sacrificios.

Lo que más puede odiar esta mala morada del mundo son los intentos de paz. La paz es no querer aniquilar al enemigo, sino tenderle la mano. Pero esos a quienes les tiendes la mano te la van a morder, te dicen. Y a veces es verdad. ¿Que sea verdad a veces les demuestra que lo será siempre? Algunos hemos vivido y actuado para creer que no es así. Que si uno intenta romper el círculo vicioso del odio, la venganza y la violencia, habrá un momento, al fin, en que entraremos por la senda de una tierra que no sea siempre hostil, en una morada que no sea siempre el sitio del asalto, de la desconfianza y de la ira. Se llega a una edad, de pronto, en la que ya no nos queda más remedio que constatar la verdad más triste: tampoco a mi generación le tocará ver ese país. Tal vez a nuestros hijos, a nosotros ya no. Y es probable que un día, con otras palabras, nuestros hijos escriban este mismo artículo.

Recuerdo un artículo de Alberto Aguirre, una sombra y un amigo inolvidable en esta vida larga, que tenía mi misma edad, 61 años, cuando se fue al exilio de Colombia en el año 87, después del asesinato de sus amigos y las amenazas contra su vida. Decía, al irse, que había algo peor que el exilio de las fronteras, y era el exilio del corazón. Tal vez lo que pasa, a esta edad, cuando uno ve que el Caín colombiano resucita en cada generación y afila su hueso de burro para matar a Abel, tal vez lo que se percibe por dentro es nítido y claro: estoy descorazonado. Hijos del amo, del esclavo y del siervo, el nuestro es un país malnacido, pues no hemos sido capaces de reconciliarnos al mismo tiempo con nuestras madres y nuestros padres. Hijos de blancas, indias y negras, no queremos ser las tres cosas y cada cual escoge ser indio, blanco o negro, negando por completo al otro que lleva dentro.

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