Por: Arlene B. Tickner

Malabarismos

Por más que la decisión de Iván Márquez, Santrich, el Paisa y Romaña de retomar las armas no es sorpresiva, sus reverberaciones nacionales e internacionales, así como los desafíos malabaristas que plantea tanto al gobierno de Iván Duque como al partido FARC, no deben subestimarse. Aunque no podía reaccionar de otra manera, la defensa (no tan explícita) del proceso de paz y la reiteración de su compromiso con quienes se han desmovilizado y cumplido lo estipulado en los acuerdos se vieron opacadas por la actitud guerrerista del presidente. En especial, desempolvar un lenguaje político heredado del uribismo plantea el riesgo de que la situación interna se “terrorice” nuevamente, dando lugar no solo a la justificación de medidas extraordinarias para enfrentar esta nueva amenaza —más construida que real— dentro y fuera de Colombia, sino al empoderamiento del Estado para determinar quién es “amigo” y quién “enemigo”.

En reflejo de lo anterior, Duque clasificó a los rearmados como una “banda de narcoterroristas” y exigió que la comunidad mundial rechace sus amenazas criminales y los entregue, advirtiendo —en clara alusión a la “dictadura de Nicolás Maduro”— que albergar y apoyar al terrorismo viola el derecho internacional. Tanto el mandatario como su canciller también hicieron la absurda promesa de que Colombia trabajará con el “presidente legítimo” de Venezuela, Juan Guaidó, para combatir a los grupos armados al margen de la ley, ante lo cual la oposición y el gobierno estadounidense no ahorraron tiempo en responsabilizar a Maduro por lo ocurrido —como si alguno de los dos países controlara lo que ocurre hoy en la frontera— y exigir su salida del poder.

Al Gobierno le queda difícil balancear su ya cuestionado apoyo a la paz con un discurso bélico (y acusador de Maduro), sobre todo a la luz de los pronunciamientos de apoyo de distintos países, organismos multilaterales y ONG que denuncian la decisión de rearme de los exguerrilleros, pero también insisten en que se reafirme el compromiso con la implementación para evitar (más) retrocesos. Sin embargo, para la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, lograr una posición equilibrada entre la condena inequívoca de la decisión de sus excompañeros y la crítica de la misma violación de los acuerdos por parte de Duque, que supuestamente dio lugar a ella, no es menos retador. En el derecho de réplica de la oposición a la alocución presidencial, el líder del partido FARC, Rodrigo Londoño, expuso magistralmente que “los probados incumplimientos del Estado no pueden ser respondidos con otros incumplimientos”. Pero ello no garantiza que los agravios planteados por Márquez no tengan eco entre algunos círculos fuera (y dentro) de Colombia. La ambigüedad (comprensible) del partido ante el problema de Maduro y Venezuela tampoco le ayuda.

Si bien este crítico episodio abre camino para los saboteadores de la paz y la manipulación de las elecciones locales en función de ello, también crea una oportunidad única para renovar los compromisos colectivos frente al proceso. Por más imposible que resulte, una respuesta verdaderamente patriótica que dejaría boquiabiertos a los rearmados y la extrema derecha, y daría tranquilidad a los excombatientes comprometidos con su reintegración, el resto de la sociedad y la comunidad internacional, consistiría en un manifiesto conjunto del Gobierno y el partido FARC a favor de la paz.

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2019-09-03T22:00:00-05:00

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