Por: Catalina Ruiz-Navarro

La maldita primavera

Conmovidos por la salida espontánea y masiva a los cacerolazos, muchos hablaron de la “primavera colombiana”.

Las protestas en las ciudades eran pacíficas y Santos tartamudeaba en los micrófonos. Eso hasta los disturbios del jueves. Hubo vándalos encapuchados, unos tropeleros de oficio, otros contratados para sabotear; policías infiltrados que tomaron fotos y golpearon civiles, un Esmad descontrolado que agredió a la topa tolondra y unos manifestantes atrapados en el medio: personas que lo pensarán dos veces antes de volver a salir a protestar. Hoy parece que fue flor de un día la tal primavera colombiana.

Nuestra ciudadanía parece siempre estar a un paso de ser una turba enardecida y cualquier manifestación social se ve rápidamente engullida por algún interés político. El paro nacional agrario y popular experimentó una lucha interna entre los movimientos campesinos, al tiempo que los bloqueos, las marchas y la solidaridad en las ciudades prosperaba. Por un lado, la Marcha Patriótica intentó dominar la agenda exigiendo una mesa nacional que no acogieron los agricultores de Boyacá, Nariño y Cundinamarca, a quienes ahora la izquierda radical acusa de vendidos. Por el otro, en regiones como el Caquetá, se dice que el paro fue organizado “desde abajo”, ya que a la guerrilla le conviene replantear la política antinarcóticos y apoderarse del debate político en torno a la protesta social. Desprestigiada en buena parte la resistencia civil, el Gobierno se pudo dedicar a soluciones homeopáticas, como quitar unos aranceles —que no eran muy altos— y repartir subsidios, de esos que embolatan el hambre como una Pony Malta, pero no resuelven el problema de fondo.

A los levantamientos europeos de marzo de 1848 se los llamó la “primavera de los pueblos”. Como todas las primaveras hasta hoy, tuvieron un final triste. En su momento Marx dijo que las clases obreras no estaban listas para tomarse el poder porque aún se dejaban mangonear por la “aristocracia financiera”. Hasta la fecha, todos los movimientos que se ganan el mote de “primavera”, presentados como un renacimiento esperanzador de la sociedad civil, terminan diluidas como papa en un ajiaco aguado.

Hoy, gracias a que la información en redes trae nuevos ángulos y permite lecturas más complejas (pues no está a merced de la pelea por el rating ni del discurso gobiernista), la ciudadanía tiene unas condiciones especialmente propicias para la resistencia civil organizada. Vimos al Gobierno pasar saliva en seco, más temeroso de los abuelitos en pijama que salieron en Tunja que de la oposición uribista o las Farc. Es el momento para abrirse un espacio entre el vandalismo y la represión de las fuerzas públicas y mostrar que la salida a las calles no es fruto de un zapping de la conciencia social, sino de un descontento real y legítimo, y del reclamo por unos derechos cuya ausencia ya está naturalizada.

Es fácil frustrarse con esas protestas efervescentes que no dejan resultados, pero la ineficacia no está en la protesta en sí, sino en que la ciudadanía olvida que las verdaderas revoluciones sociales se dan pasito a pasito, con paciencia y persistencia. Es responsabilidad de los ciudadanos abrirle espacio a la modernidad democrática y para eso sirven las marchas, pero nada lograremos si nos quitamos la ruana para ponernos la camiseta de la selección Colombia y nos desentendemos de los problemas reales del campo, hipnotizados, como siempre, por las caderas embrutecedoras de las chicas Águila.

 

@Catalinapordios

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