Por: Andrés Hoyos

Malgenio

UN FANTASMA RECORRE COLOMBIA: el fantasma del malgenio. Por todas partes se ven caras largas y se oyen voces estridentes.

¿De dónde sale? Empecemos por decir que el malgenio se ha exacerbado en tiempos recientes, durante los cuales, y no por coincidencia, Álvaro Uribe mandaba en el país. Hablaba yo alguna vez del tonito del expresidente como una especie de gasolina que a cada tanto él arrojaba sobre el ya de por sí incendiado debate nacional. Pues bien, ahora que el expresidente ha perdido la mayoría de su poder (decía yo en Twitter que si en 2008 ese poder era de 100, hoy es de por ahí 14 y en dos años será de 4), surgió en su vacío una malsana necesidad de venganza. ¿No basta acaso con dejar que los procesos disciplinarios y penales que de forma creciente involucran a funcionarios del pasado gobierno sigan su curso, afectando al que sea? No, imposible, mucha gente no descansará hasta que Álvaro Uribe no vaya a parar a la cárcel. Ignoro si existen las pruebas y la voluntad política suficientes para que la Comisión de Acusaciones de la Cámara lo condene, pero lo que sí sé es que convertir al expresidente en un mártir a la larga acrecentaría su influencia política, en vez de mermarla.

Otros toldos también sufren del mal del tonito. Santa iracundia fue la que sintió Gustavo Petro cuando no le dieron la presidencia del Polo que reclamaba con razón tras su triunfo en la consulta. ¿Resultado? Que murieron Sansón y todos sus filisteos. Un poco después esperábamos que el Partido Verde, compuesto por profesores universitarios, tecnócratas, filósofos y matemáticos, lograra aplicar sus reglas y abocar las elecciones de octubre en relativa concordia. Nada de eso: vuelan insultos y se dictan exclusiones por doquier.

Yo sospecho que algo más de fondo subyace al malgenio nacional. Pensemos en el dramático peligro en que vivió Colombia desde mediados de la década de los ochenta. A partir de entonces nos llovieron encima todas las calamidades —¿para qué enumerarlas?—, y el mazacote resultante de inseguridad, amenazas y corrupción incubó en la mente de cualquier colombiano no psicópata una sensación de riesgo y de complicidad muy difícil de digerir. Porque quienes no tuvieron dolorosas pérdidas directas en esos años, vieron rondar el peligro, por ejemplo, en la forma de algún personaje presentado en un coctel, que luego resultó ser un tremendo delincuente. De otro lado, están los métodos de los que el país se valió —y uso la noción de “país” porque hubo mucho de colectivo en todo esto— para salir del embrollo. El principal de ellos fue la fuerza bruta. Algunos ilusos esperaban una guerra limpia, la cual simplemente no existe sobre la faz del planeta. Por eso, entre otras cosas, hay un derecho de guerra, cuyo objetivo es restarle virulencia.

Otro factor paradójico es que el crecimiento económico todavía modesto que registramos revive las expectativas frustradas del pasado. Por estos días Guillermo Perry hacía un análisis juicioso sobre la vertiente económica de la Constitución del 91. Lo que no explicaba es por qué nuestra desigualdad sigue siendo una de las peores del mundo. La mala distribución del ingreso produce malgenio y con razón.

¿Cómo decirlo sin ofender a los delicados? Colombia no va bien pero iba mucho peor, así que el malgenio se está volviendo artificial en la medida en que cada uno se aplica a lo suyo, ojalá, con un efecto positivo sobre el bienestar general. Es asunto de mermarle un poco.

[email protected] @andrewholes

 

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