Por: Brigitte LG Baptiste

Maloca ardiendo

Las antiguas bandas de cazadores recolectores, de las que en Colombia aún quedan varias perseguidas y sujetas al genocidio (como en el caso nukak por nuestra incapacidad de entender y respetar sus modos de vida), humanizaron paulatinamente las selvas ecuatoriales y convirtieron poco a poco sus rutas nómadas en una civilización de horticultores que convirtió el deambular en una compleja estructura social y ritual de destrucción y restauración ecológica de alcance intergeneracional. El núcleo de esta estrategia fue la maloca: la casa comunal en la cual se mantiene vivo el conocimiento a través de la oralidad, la narración del mundo en tiempo real, algo que apenas la ciencia occidental está comenzando a hacer con sus satélites, redes sociales y dispositivos comunicacionales.

La maloca es la representación del mundo y se construye y destruye en un ciclo variable de tres a cinco generaciones, dependiendo del nivel de insostenibilidad al que hayan llegado las actividades de pesca, caza y cultivo en el territorio. Cuando hay que remar o caminar muy lejos para obtener comida o hacer chagra, cuando la calidad ambiental y la salud del asentamiento comienzan a deteriorarse, síntoma del éxito de una comunidad, hay que irse: devolverle a la selva lo que se tomó prestado por unas décadas, dejar los muertos y mantener su historia en el mapa mental de las migraciones locales, requeridas para renovar el ciclo. Todo ello en manos del maloquero, el viejo, el que conoce la ecología y mantiene viva la conversación acerca del estado del mundo con sus contradictores, la esencia de la democracia indígena, donde manda la palabra, a veces mediada por la coca, otras por el yagé, otras por el yopo, plantas sagradas, nunca con violencia.

La selva se quema, se hace chagra, se hace maloca, se vive bueno hasta que el mundo “se acaba”: entonces se quema la maloca, se abandona la chagra, se viaja lejos a empezar de nuevo. Así se construyó uno de los sistemas culturales más robustos del planeta, completamente adaptado a la complejidad de las selvas y los ríos megadiversos, a la condición ecuatorial de nuestras tierras. Es la mejor definición de sostenibilidad: permanencia dentro del cambio, disfrute de la vida sin apegos letales, conocimiento cotidiano aplicado a la gestión de una naturaleza que tiene gente a cargo, pero nunca se considera independiente de ella. No hay estructuras monumentales en las selvas colombianas, porque la permanencia es letal, lo aprendieron los mayas cuando el cambio climático destruyó su gobierno imperial y clasista, pero no acabó con su sociedad, que camina por encima de las pirámides enmalezadas sin extrañar su grandeza.

Se quemó Notre Dame en París. 800 años con pretensión de eternidad. Sitio de palabra y poderosa maloca de Occidente. Que sea la oportunidad de pensar en los ciclos del cambio de una cultura asfixiada en sí misma, insostenible, que requiere otro planeta para migrar, pero como no lo tiene, solo se puede reinventar. Al maloquero de la catedral, una invitación a conversar con Uldarico Matapí, con Fissy Andoque, con el viejo Chío, los propios que quedan en nuestra selva, siempre generosos y listos a ayudar. ¿Qué tal que se dé cuenta de que el mayor monumento es la vida misma?

 

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