Por: Juan Carlos Botero

Malpelo

Malpelo es una isla volcánica ubicada al oeste del lluvioso puerto de Buenaventura, en el océano Pacífico colombiano, a más de 300 millas de distancia. Su nombre es justo, porque más que una isla parece una gigantesca mole de roca de kilómetro y medio de largo y 360 metros de altura, como un rascacielos de cien pisos, y en todo ese terreno no se ve una sola planta y mucho menos un árbol. Es un lugar inhóspito y hermoso, pero lo que lo hace especial no es lo que se ve por encima de la superficie del agua, sino lo que se ve debajo. En las entrañas mismas del Pacífico.

Sólo he estado un par de veces, por allá a finales de los años 90, y en ese tiempo llegar a la isla era nada menos que una odisea basada en la incomodidad. De Buenaventura sólo zarpaban unos cuantos barcos en pésimo estado, de los que tienen un solo retrete para toda la tripulación y todos los pasajeros, con una chimenea que despide sin cesar un hollín que se mete hasta en las orejas y un temblor de máquinas que se mete entre los huesos. Al cabo de 36 horas agotadoras, en las que ni siquiera se puede dormir por el fuerte y constante bamboleo de la nave, se escucha por fin el golpe del ancla en el agua y el traqueteo de la cadena sujetando el fondeo. Entonces lo primero que se ve son las aves, porque a pesar de la falta de vegetación la isla está saturada de gaviotas que planean sobre los peñascos, graznando y dejando la montaña manchada blanca de guano.

Sin embargo, aun si el viaje parece una lenta tortura, el tedio, el mareo y la monotonía se olvidan en un instante por la inminencia del buceo, que es uno de los más espectaculares del mundo.

Y lo es no sólo por la abundancia de la fauna sino por el tamaño de los peces. Los cardúmenes son inconcebibles, y cada bravo, que es el atún de esas aguas, tiene la dimensión de un toro de lidia. Se ven formidables bancos de barracudas que giran en un lento remolino, pargos del tamaño de un hombre, tortugas enormes y morenas asomadas de las rocas, amenazantes con las fauces abiertas. Hay delfines que juegan de un lado de la isla, y del otro están los tiburones. Y ahí está la magia. Porque no es raro que al bucear en el fondo del mar de pronto se distinga un cardumen de 100 o 200 tiburones martillo que va pasando encima de la cabeza como en un sueño. Parece una densa nube de hachas medievales de doble filo, volando despacio por el aire. Al mirar hacia la superficie, con el sol trémulo en el oleaje, se ven docenas de siluetas de tiburón martillo de diferentes tamaños, contorneando el cuerpo y las palas de la cabeza. O puede ser que se está nadando en la superficie y de repente, al mirar hacia abajo, se ve el cardumen de tiburones avanzando sobre el fondo, como un tapete ondulante sobre la blancura de la arena. Lo asombroso es que esos escualos, a pesar de ser de los más feroces del planeta, durante el día en Malpelo parecen inofensivos, al punto que se puede nadar entre ellos y éstos se van apartando, como si fuera un banco inerme de sardinas. Entonces se pueden escudriñar de cerca, observando esas figuras dotadas de dos alerones en la cabeza, los ojos alertas y los machos que llegan a medir hasta cuatro metros de largo. Es una escena inolvidable y vale la pena vivirla, así sea a través de aquel viaje infernal por el océano Pacífico.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan Carlos Botero