Por: Fernando Araújo Vélez

Mamarrachos de papel

En resumidas cuentas, nos hemos dejado contaminar, y hoy caminamos por los andenes impregnados de tanta contaminación, con el celular en la mano para no conversar realmente con nadie, con los zapatos que nos impusieron los avisos y los pantalones de moda que, nos dijeron, estaban de moda, como si ese fuera el requisito para vestirnos.

Caminamos hacinados, y por hacinados nos empujamos, insultamos, odiamos. Y con cada paso vamos perdiendo algo de aquello que nos hizo únicos antes, mucho antes de que quisieran uniformarnos y lo lograran. Y cada paso es el sonido a lo uniforme, y lo uniforme son los pasos y el camino a la rutina, los horarios, producir, ir al encuentro de otros para que esos otros te acepten porque te uniformaste, como ellos, y hacer las cosas como los otros quieren que se hagan. Cada paso es el sonido de la alienación, y vamos inmersos en ella, muy de prisa y hacia ninguna parte.

Cada paso es alejarnos de nosotros, de aquel niño que fuimos y de sus gustos, de la colombina muy roja y azucarada que vendían en la tienda de la esquina, de jugar a ser superhéroes y vestirnos como superhéroes, de los colores fuertes y brillantes, de las canciones estridentes que nos hacían felices, de los mamarrachos que mostrábamos como dibujos, de la pelota gastada que estrellábamos contra un muro una y mil veces, de la cometa que jamás voló bien y terminaba por enredarse con los cables del teléfono. Con cada paso vamos pisoteando quienes fuimos, y lo pisoteamos con saña, con rencor, porque de adolescentes alguien se burló de nuestro acento de pueblo, y otro alguien se mofó de nuestras medias chillonas, y uno más escupió a un costado cuando nos vio comer lo que comíamos todos en el pueblo y lo que nos gustaba. Vamos pisoteando nuestros gustos, nuestros verdaderos gustos, por temor a la burla y al rechazo. Por aquello del no encajar.

En resumidas cuentas, nos convertimos en unos mamarrachos de nosotros mismos, impostados y fotocopiados, y somos fotocopias de fotocopias cuyos mayores logros son otras fotocopias a las que llamamos diplomas. Mamarrachos de papel, vendemos nuestro tiempo y nuestros pocos saberes por unos cuantos papeles con los que podremos adquirir lo que los demás quieren que adquiramos para que nos parezcamos a ellos. Y así caminamos, y así nos pisoteamos. Así nos impregnamos de nuestro nuevo y refinado gusto, desde donde escupimos al que llega del pueblo o del barrio con sus gustos de pueblo y barrio y con una palabra grabada en su frente, autenticidad, a la que también le cambiamos el significado. En resumidas cuentas, nuestros pasos son el sonido de nuestra propia traición, pero no los queremos oír.

Preferimos el ruido de lo que se compra al sonido de la calle y la casa donde nos criamos. Preferimos el grito del mandato al rumor de la quebrada donde nos desnudábamos, y el estruendo del progreso al susurro de los fantasmas en la noche.

 

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