Por: Mauricio Rubio

Qué mamera todo, si acaso tirar

Suena extraño, pero el alto nivel educativo de algunas guerrilleras ha obstaculizado su reinserción.

Adelfa, por ejemplo, no fue admitida a la Nacional pero “se sentía de allá”. Frecuentaba la biblioteca, jugaba básquet con los de sociología y hacía parte de grupos de estudio que leían a Marx. Entró a la Distrital en donde la reclutaron para el M-19. Después de la paz se fue “desesperando del desempleo, del rebusque y del empleo … Todo me sabía igual, a mierda”. Ganarse la vida tenía que ser “sin la humillación de volvernos choferes de taxi, artesanitos de agáchese, y lo peor, amas de casa". El desempleo era "buscar sin dignidad la zanahoria prometida” pero trabajar era peor, “comerse la zanahoria envenenada”. Trabajó de mesera en un restaurante que quebró después del asalto que le hicieron dos compas. Como sabía de pueblo, había luchado por el pueblo y ahora “sabía sentir sus dolores” quiso ponerse a su servicio. Entró al Ministerio de Salud, lleno de reinsertados que conservaban sus alias. La mandaron a Urabá y presenció un asesinato. Relató a las autoridades lo que vió y no quiso saber nada más de ese lugar.

En Bogotá una compañera exitosa, de sastre, pelo pintado y evidentemente menos formación política le reveló su secreto. “Fabuloso, compa, fabuloso: la venta de una vaina para enflaquecer llamada yerbalight … Es como lo que Bateman llamó la cadena de afectos pero en vez de ser de pendejadas, ahora es de plata, compa, de platica, contante y sonante”. Debutó ofreciéndole el producto a otra reinsertada que la hizo sentir como una traidora. Visitó luego a un ex comandante convertido en funcionario, con carro oficial, escoltas y, por su barriga, buen cliente para yerbalight. Se ganó su plata pero sacó “cuentas morales” y regaló el sastre. Llenó formularios y pasó hojas de vida sin ganas ni resultados. Las deudas se acumulaban y casi vuelve a los fierros pero aguantó.

Tuvo un intermedio plácido con un ex M-19 mucho mayor que se la comió a cuentos. “Nos descubrimos el cuerpo y nos lo gozábamos entero y por partes”. Esos “orgasmos largos que tardaban en irse nos hacían olvidar las armas, escondían los miedos”. Terminó dejándolo, tal vez por la patología que siempre aplaza la felicidad para ese mañana mejor. Encontró otro trabajo indignante en una empresa que competía con recicladores y además pertenecía a familias de políticos y militares. “Me reventaba la ironía: tener que volverme agente de mis enemigos. Era humillante, demasiado humillante … me sentía una traidora, una regalada, una esquirola, una criminal”.

Los estudios superiores y la doctrina antes del reclutamiento dificultan la desmovilización. Será más fácil reinsertar campesinas sin bachillerato que pesimistas profesionales, universitarias formadas para criticar el sistema o, si acaso, vivir de la burocracia. En una entrevista reciente Antanas Mockus destaca la importancia de la educación para la paz. “Que se junten las dos cosas”, propone. Lástima que no menciona la educación para el conflicto, que la ha habido. Y no sólo en los cuarteles sino en centros académicos donde varias generaciones fueron formateadas con el dogma de que el establecimiento era tan inamovible y perverso que tocaba tumbarlo a la fuerza. La foto, hace unos días, de cinco de los encargados del Pacto por la Educación bajo la mirada perdida del Ché Guevara ilustra esa pedagogía de la liberación que permeó por décadas un sector del sistema educativo.

Hay un abismo entre una subversiva universitaria como Adelfa y algunas guerrilleras desmovilizadas apenas con primaria, modestas, optimistas y, sobre todo, ávidas de aprendizaje. Esta brecha ayuda a entender los resutados de un trabajo de la Fundación Ideas para la Paz, tanto o más preocupantes que los de las pruebas PISA: en este bizarro país el mayor nivel educativo antes del reclutamiento incrementa el riesgo de reincidencia de los desmovilizados. Hay algo más tortuoso y perverso que la ignorancia o esa vaga noción de intolerancia. Gente bien educada pero dispuesta a echar bala por el pueblo, dizque preparada para transformar la sociedad pero no siempre lista para dejar la violencia, ni siquiera para algo tan pedestre como resolver su propia vida honrada y autónomamente. Para quienes algún profesor progresista les señaló como destino superior salvar a sus semejantes, la revolución es una fiesta, pero qué mamera trabajar, qué mamera las obligaciones, qué mamera emparejarse, qué mamera la política sin armas, dependiendo de los votos y tragándose el sapo de un oligarca reelegido.

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2014-08-06T23:15:09-05:00

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