Por: Jaime Arocha

Mamos y gobierno ético

Resistencia en la línea negra es el documental que dirigieron el arhuaco Armando Villafaña, el wiwa Saúl Gil y el kogui Silvestre Gil Zarabata sobre la decisión de esos tres pueblos de la Sierra Nevada de Santa Marta de comunicarle al mundo que para salvaguardar cultura y territorio apelan a una estrategia ignorada por las clases dominantes: la no violencia.

Muestra a Germán Zárate, gerente de Brisa, el puerto multipropósito que le servirá al TLC con USA, prohibiéndoles a los indígenas hacer los pagamentos de 2006, 2008 y 2009 en las playas de Dibulla. Según Pablo Mora Calderón, productor de la película, el área incluye el cerro sagrado de Jukulwa, albergue de los padres de las enfermedades, por lo tanto, escudo contra el malestar comunitario, cercenado sin miramientos por la constructora. De ahí la sentencia T-547/10 que la Corte Constitucional expidió en julio 1 de 2010, mediante la cual instauró una acción de tutela contra el Ministerio del Interior, debido a que “se concedió licencia ambiental, sin que hubiera surtido proceso de consulta previa con comunidades indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta”.

Con respecto al intento de volver a ingresar en 2009, el filme registra al mismo gerente vociferando que el Gobierno ratificó que esa no era tierra de resguardo. Al teatro del Centro Ático de la Universidad Javeriana lo invadió una risa de desprecio, interrumpida por el plano que muestra a los del Esmad, listos para accionar sus armas contra quienes ya eran una multitud implacable, de impecable algodón blanco y poporo en mano. Niños y niñas se les cuelan a los policías para que todos recojan con ternura las conchas marinas que median entre personas y dioses. Así queda dicho el porqué es inviable la no repetición de masacres y genocidios contra pueblos indígenas y afrodescendientes: el Estado privilegia el servicio que las Fuerzas Armadas les prestan a multinacionales y empresarios.

Identificar a las unas y a los otros con la superación de la pobreza y el interés general es la receta neoliberal que uno lee en el escrito que el 21 de octubre Jorge Humberto Botero publicó en La Silla Vacía a propósito de un hotel de 7 estrellas en el Parque Tayrona. Trivializa la consulta previa, derecho que consagra la legislación internacional por medio del Convenio 169 de la OIT para que un pueblo étnico —no un equipo de fútbol— se manifieste sin coerción alguna con respecto a aquellos cambios que puedan comprometer su supervivencia material y espiritual, como esa iniciativa hotelera que, por si fuera poco, asociaba a abusadores de Agro Ingreso Seguro con una multinacional del ecoturismo. Al objetar de antemano el posible veto indígena, el exministro Botero dejó el interrogante de si los colombianos terminaríamos gobernados por los mamos.

Sería deseable que ese hubiera sido nuestro sino histórico. Nos guiarían seres excepcionales cuya ética hace impensable un acto como el del exviceministro del Medio Ambiente y exdirector de Parques Nacionales, quien fue el primero en recomendar las playas de Arrecifes para hacer el ecohotel de élite. Ese funcionario más bien ha debido actuar como los mamos. A ellos el documental los retrata defendiendo aquel legado de antiguo que se anticipó a la teoría evolutiva moderna: la unidad mínima de supervivencia consiste en la gente y su territorio.

 

 

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