Por: Eduardo Sarmiento

Manejo errático

Hay dudas sobre la capacidad de las autoridades para superar la crisis en el país.

La observación de la economía mundial y la colombiana suscita dudas sobre la capacidad de las autoridades para superar la crisis. A diario los resultados de la economía mundial controvierten las teorías ortodoxas construidas en los últimos cien años y perfeccionadas en los últimos veinticinco.

En lugar de revisar las teorías para aproximarlas a la realidad, los diagnósticos se acomodan a la última cifra y las políticas se adoptan dentro de las concepciones y prácticas fracasadas.

¿En dónde estamos? Debido a los errores del Banco de la República, que provocaron la caída del crédito y de la crisis mundial que comprimió las exportaciones, la economía colombiana quedó expuesta a un exceso de ahorro sobre la inversión y tasas de interés cercanas a cero.

La política monetaria de ampliación de la liquidez y reducción resultó totalmente inoperante.

La baja de la tasa de interés de referencia coincidió con una caída del crédito de 20% a cero. La política fiscal resultó un poco mejor. El déficit fiscal ascendió a 2,6% del PIB, se financió con TES, endeudamiento externo y emisión, y aunque contribuyó a detener la caída libre del producto nacional, resultó insuficiente. El monto ha debido ser mayor y cubrirse con emisión.

La economía no ha salido del estancamiento. El crecimiento del PIB en el cuarto trimestre bajó en relación con el tercero; en enero la mitad de los sectores industriales descendieron con respecto al año anterior y la modesta mejoría se explica por bienes altamente fluctuantes. Lo grave es que la demanda no suministra señales de fortalecimiento. Las exportaciones manufacturadas caen 20%, el crédito no crece y el desempleo y la informalidad aumentan.

El panorama se complica por la actitud de los neoliberales que creen que las crisis recesivas se resuelven con simple política monetaria e insisten en satanizar y bloquear la política fiscal. Ya obligaron en plena recesión a recortar el gasto público y ahora presionan la venta de ISA para financiar el faltante.

Se ha regresado al conflicto tradicional entre el Gobierno y el Banco de la República. El Gobierno se ve abocado a un déficit fiscal, en parte involuntario por la caída de los impuestos, y en parte voluntario por la misma recesión. A su turno, el Banco de la República mantiene el criterio de regular la tasa de interés y la cantidad de dinero con metas de inflación arbitrarias. En consecuencia, el déficit fiscal se financia con TES que elevan la tasa de interés y propician entradas de capitales y con endeudamiento externo que causa la misma abundancia de divisas.

La recuperación de la economía corre por cuenta del déficit fiscal, el control de la inflación por cuenta de la austeridad monetaria y la contradicción se resuelve por la vía de la revaluación.

El resultado es bien conocido. La revaluación provoca una fuerte entrada de importaciones de materias primas que sustituyen el empleo formal y desplazan la fuerza de trabajo a la informalidad con menores salarios.

Tarde o temprano, la economía se ve abocada a un aumento en el déficit en la cuenta corriente y una devaluación masiva. Se replica el modelo aplicado en el período 2003-2007 de crecimiento con revaluación que, como se advirtió en su momento, no generaba empleo ni era sostenible, y hoy en día es indudable que colapsó.

No se ha entendido que las políticas fiscales y monetarias no son independientes y no se pueden emplear para fines antagónicos. En su lugar, se plantea un manejo combinado orientado a reactivar la economía y sostener el tipo de cambio para evitar sus efectos destructivos sobre la balanza de pagos y el empleo.

La tarea puede realizarse con una cuantiosa expansión monetaria que permita financiar la totalidad de un déficit fiscal de 3,5% del PIB y comprar los excedentes de divisas a una tasa predeterminada superior a la actual.

La fórmula no produciría ninguna explosión inflacionaria. Mientras persista el exceso de ahorro y tasas de interés cero, la mayor parte de la emisión monetaria no sería aceptada por el público y, en cualquier momento, podría retirarse. El crecimiento histórico se recuperaría con reducción del desempleo y aumento del empleo formal y sin inflación.

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