Por: Juan Gabriel Vásquez

A manera de despedida

Antes de comenzar a escribir esta columna, ya sabía yo que su resultado me dejaría insatisfecho.

 Pero tengo que escribirla de todos modos: de alguna manera debo explicar a los lectores, cuya generosidad me ha acompañado durante siete años, las razones por las que decido dejar este espacio. Tengo la certeza de que esta columna ha sido un privilegio (y sería un ingrato si no declarara mi deuda con El Espectador); tengo la certeza, también, de que es tiempo de dejarla. Las razones, aunque para mí sean diáfanas, no resultan fáciles de explicar. Lo cual no quiere decir, naturalmente, que no deba intentarlo, así sea pensando en voz alta y abusando, por última vez, de la paciencia de mis lectores.

Hace unos meses, el escritor danés Jens-Christen Grondahl me enseñó unas palabras de Logan Pearsall Smith: “El arte de la escritura es el arte de hacer que la gente se sienta real por medio de palabras”. Sospecho que en nuestro mundo —tan alérgico al silencio y a la soledad y a la lentitud: los espacios de la literatura— estas palabras exigen una glosa esforzada y pueden aun sonar pretenciosas; pero también sé que el lector de literatura sabe de qué hablan: sabe instintivamente que su propio lugar en el mundo ha cobrado más densidad después del contacto atento con Chéjov o Proust, con Virginia Woolf o Borges, con Coetzee o Zagajewski o Alice Munro. A los poetas y a los novelistas vamos también para buscar palabras: palabras con las cuales cercar o sitiar la experiencia. El filósofo Richard Rorty ha acuñado la idea de “vocabulario final”. “Todos los seres humanos”, escribe, “llevan consigo un conjunto de palabras que emplean para justificar sus acciones, sus creencias y sus vidas. Son las palabras en que manifestamos elogios a los amigos y desprecio a los enemigos, nuestros proyectos de largo plazo, nuestras dudas más profundas y nuestras más grandes esperanzas”. A eso también se refieren las palabras de Smith: al lugar donde podemos ir para construir ese vocabulario. Para mí, ese lugar es la literatura. Y las ficciones en que trabajo ahora, y a las que dedicaré los próximos años, me exigen dar un paso atrás en este oficio devorador, adictivo, desgastador y maravilloso del periodismo.

La admiración no es, no puede ser, un sentimiento frecuente; la lectura de ciertos columnistas (de ciertos colegas) me lo ha provocado repetidamente, y sólo por eso habrán valido la pena estos siete años. Sé que pocos trabajos hay tan nobles como el intento —en la medida de nuestras imperfecciones— de devolver cierta altura a la discusión pública, sobre todo en un país que se ha acostumbrado demasiado a los atajos del amedrentamiento y la calumnia. Es verdad que me da vértigo el ejemplo de tantos novelistas que no han acabado siendo lo que querían ser, sino lo que los demás querían que fueran; o el de tantos otros cuya obra se ha convertido, como advertía Kundera, en un mero apéndice de sus tomas de posición. Pero no es por eso, o no es sólo por eso, que dejo esta columna. Dejar este espacio durante unos cuantos años no es alejarme del debate (ahí seguiré inevitablemente: cuestión de temperamento). Es vindicar esa manera irreemplazable que tiene la literatura de comprometerse con el mundo. Es concentrarme en decir algo que tal vez no pueda decirse de otra forma.

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