Por: Columnista invitado

Manifiesto pesimista

Alberto López de Mesa*

Las dinámicas del mercado se impusieron como una ideología globalizada. Las sociedades y los estados han aceptado con resignación que la norma rectora de las economías sea el egoísmo, cuya máxima aberración, la codicia, abona la hegemonía de los monopolios y la dramática inequidad.

La ONU denuncia, sin inmutarse, que el 1% de la humanidad es dueño del 40% de la riqueza del mundo. Esta escandalosa desproporción debería alertar a las instancias que controlan el orden económico del planeta. Sin embargo, la noción de desarrollo imperante propugna para que todas las necesidades de la población sean satisfechas con las reglas para la oferta y la demanda que propone la empresa privada en sus paradigmas de libre competencia y libre mercado.

No priman los conceptos de justicia social y bien común. Para este capitalismo egoísta y desaforado, el bienestar general estaría dado por cualquier condición que garantice el poder adquisitivo del pueblo consumidor de los bienes y servicios que venden los mercados. El sistema económico que impuso la codicia genera los grandes males del mundo: la industria de las armas, el negocio de la guerra, la esclavitud viciosa al consumismo, toneladas de humo a la atmósfera, montañas de desechos a mares y ríos, profusión de la ignorancia y la miseria. Un panorama aterrador.

Ya es evidente que las alternativas esperanzadoras no dependen de ajustes o transformaciones a los estados, porque el rumbo ideológico y funcional lo impone el capital. El reino financiero es superior a los poderes políticos. La ética social está predestinada por la fatalidad de los mercados. Cualquier sublevación, cualquier levantamiento contra el orden establecido será acusado y tratado como el peor de los delitos. Los medios de comunicación, al servicio del sistema, se encargarán de amansar la conciencia general.

Hace rato existe la porfía de economías alternativas que valoran al ser humano sobre la rentabilidad. Estas son las cooperativas y las empresas de la economía solidaria, que también han terminado prestadas al orden del mercado, subordinadas por el reino financiero a las reglas del dinero, son meros modelos paliativos que deberán acogerse las dinámicas del capitalismo o subsistirán de los mendrugos que le dejen los monopolios.

La creatividad y la imaginación son los únicos bastones que nos quedan a los individuos para que, pese a la afrenta globalizada, logremos subsistir en medio de la competencia salvaje que nos propone la mentalidad egoísta del mercado.       

*Alberto López de Mesa, arquitecto y ex habitante de calle

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columnista invitado

El Tratado de Tordesillas en Rusia