Por: Tatiana Acevedo Guerrero

La mano de obra

El Museo de Higiene de Dresde conserva moldes anatómicos de los siglos 19 y 20, que comparan la mano lastimada e hinchada de un ama de casa con la forma ideal que habría tenido si su propietaria hubiera disfrutado de "otra vida".

En su historia cultural del dolor, Javier Moscoso sostiene que esta comparación revela la forma en que el tiempo transcurría por la “mano de obra”, así como el “dolor silencioso” que sentían las propietarias de las manos. Silencioso, pues el dolor crónico de grupos desprotegidos de la población era invisible: su sufrimiento físico no era reconocido como dolor o enfermedad por la medicina ni la sociedad en general.

Es posible, guardadas las proporciones, trazar un paralelo entre la mano del ama de casa del museo y la mano de algunas empleadas del servicio en la Colombia de hoy. Manos que exhiben quemaduras con plancha, fogón, olla; cortaduras; afecciones de la piel por contacto con límpido, detergentes o productos de jardinería, y dolencias de la muñeca por planchado masivo (acá se planchan hasta las medias).

Quizás sea posible trazar otro paralelo ya no entre las manos, sino entre lo invisible o silencioso que nos resulta su dolor. El del ama de casa del pasado y la empleada del hoy. Esta invisibilidad explicaría la regulación tardía y laxa en lo que concierne al pago de su seguridad social y aportes a pensión, o la falta de creatividad ante los obstáculos prácticos que puedan presentarse (“como vienen por días es imposible pagarles la salud”, dijo hace poco un ocurrente economista). Y, en el nivel más cotidiano, son finalmente las patronas, que casi siempre negocian el sueldo, las que tienen la última palabra y hacen caso omiso de las manos “del servicio” y sus posibles heridas o la acumulación de estas con los años. No reconocen en ellas dolor, no creen que sea un problema y resuelven esquivar la legislación y no pagar prestaciones.

En la víspera del día de la mujer tal vez quepa recordar que la clase social atraviesa la categoría “mujeres” de un machetazo. Que no hay, pues, una sola “agenda de genero”.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Tatiana Acevedo Guerrero