Santiago Bernal: cantante bogotano que fusiona diferentes géneros musicales con aires flamencos

hace 6 horas
Por: Juan Gabriel Vásquez

¿En manos de quién estamos?

A estas alturas, imagino yo, todos conocen bien lo ocurrido: el Daily Currant, una publicación satírica, dio la falsa noticia de la muerte de 37 personas por sobredosis de marihuana; un senador uribista, Juan Carlos Vélez, creyó que eso era posible, y aprovechó para mandar un dardo a los defensores de la legalización con una pregunta retórica que él habrá considerado ingeniosa: “¿Legalizamos también?”.

Algún alma caritativa —o el ridículo a que fue sometido en las redes sociales, y es de esperar que también fuera de ellas— lo obligó a echarse para atrás y presentar disculpas. También en El perseguidor, ese cuento magistral de Julio Cortázar, un personaje moría de sobredosis de marihuana; unas tres décadas después de su publicación, Martín Caparrós entrevistó a Cortázar, le preguntó por ese desliz y Cortázar, con una sonrisa, admitió que su conocimiento de las drogas no era muy profundo en esa época. Tal vez el desliz del senador se debió a su conocimiento profundo de los grandes cuentos de nuestra tradición latinoamericana. Seguramente ése fue el problema: las obras maestras nos imponen su realidad.

El asunto entero pasará pronto al olvido de nuestra actualidad atribulada, donde cada estupidez que profieren nuestros prohombres anula de inmediato la estupidez anterior. Pero el resbalón del senador Juan Carlos Vélez no es un simple resbalón: es un testimonio perfecto de la ignorancia, la desinformación, la chapucería intelectual y el prejuicio barato que sustentan muchas de las políticas del uribismo. Y por eso merece que nos detengamos a mirarlo de cerca: para ver o confirmar la manera lamentable en que nacen y se forman las políticas públicas de este país. O simplemente para preocuparnos, y preocuparnos mucho, por la gente a quienes hemos dado el poder de moldear con leyes nuestras libertades civiles y nuestros derechos individuales. O para constatar quiénes son esas personas: gente sin información ni conocimientos, mediocridades en altos cargos, que consideran que su ignorancia no es obstáculo para legislar sobre el tema que sea. Gente, en otras palabras, que hace política desde la superstición.

Porque eso que cándidamente se ha creído el senador Vélez viene del mismo lugar oscuro de la superstición puritana que sostenía, no hace muchas décadas, que las píldoras anticonceptivas generan ninfomanía o que la masturbación enloquece; el mismo lugar del puritanismo supersticioso desde el que hablaba el cardenal López Trujillo cuando decía que los condones se fabrican secretamente con agujeritos que permiten el contagio del sida. Tal vez lo que le pasó a Juan Carlos Vélez fue que oyó una de esas babosadas que durante el uribismo pasaron por sabiduría: “La mata que mata”. Tal vez encontró la babosada por ahí, en los corredores de la Procuraduría, o tal vez se la dictó el expresidente Uribe (que gobernó al país con supersticiones durante años, incluso yendo a visitar santuarios para agradecer la Operación Jaque), y él la va repitiendo alegremente, sin someterla al más mínimo examen. “¿Legalizamos?”, preguntaba el señor Vélez. Yo le contesto que no: no tiene que legalizar. Pero sí debería, por esas cosas raras que antes se llamaban responsabilidad y rigor, saber de qué está hablando cuando vote que no.
 

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