Por: Eduardo Sarmiento

Manos a la obra

La visita del papa revivió sentimientos de solidaridad, conciliación, justicia social y equidad. Ojalá que sirvan de llamados a la dirigencia nacional que ha mantenido la economía colombiana entre las más desiguales del mundo. Es hora de que el mensaje de la equidad se materialice en la reducción considerable del coeficiente de Gini y la elevación del ingreso del 40 % más pobre.

Al principio del siglo aparecieron cifras que mostraban que la distribución del ingreso se deterioraba aceleradamente en el mundo y que Colombia no era una excepción. En El modelo propio (2002) mostré, luego de la profundización de la globalización en la década del 80, cómo la economía colombiana experimentaba una ampliación de las desigualdades sin precedentes y la necesidad de una acción global y planificada para revertirla. El balance es lamentable. En los 15 años siguientes el país operó con un coeficiente de Gini entre 0,52 y 0,55. No se avanzó en un diagnóstico sobre factores que causaron el retroceso y mucho menos sobre las políticas para rectificarlo. No se ha logrado superar el diagnóstico clásico de que la distribución del ingreso y la economía son separables y que la distribución es un problema menor que se puede superar con políticas fiscales convencionales.

La receta se aplicó en los últimos 25 años con resultados precarios. El aumento de los impuestos y la elevación del gasto social no evitaron que el país se mantuviera entre las siete naciones con mayores coeficientes de Gini. Tampoco se logró que las políticas del Estado de bienestar aplicadas en Europa y Estados Unidos tuvieran una incidencia similar en Colombia, y en general en América Latina. Mientras en los países desarrollados la diferencia del coeficiente de Gini antes y después de impuestos es de 12 puntos porcentuales, en Colombia no es ni de 1 %.

El debate se revivió hace tres años, cuando Piketty reveló que durante un siglo el retorno del capital ha superado el crecimiento económico. Como el capital dispone de las rentas más altas, la diferencia de ingresos aumenta en forma sistemática, como lo confirma el aumento del coeficiente de Gini en la mayoría de los países del mundo. Infortunadamente, Piketty, por temor a apartarse de la doctrina de mercado, cayó en el error de los clásicos de desconocer el vínculo entre el crecimiento económico y la economía. En lugar de aceptar que la inequidad se originaba en deficiencias de mercado, la atribuyó a la elasticidad de sustitución mayor que uno, que es una excentricidad controvertida por los hechos durante 60 años.

La operación de la economía con retornos del capital superiores al crecimiento económico es una evidencia del mal funcionamiento del sistema. Es el resultado de la incapacidad del sistema económico para elevar el ahorro y, en general, para enfrentar el conflicto entre el crecimiento y la distribución del ingreso. Se ha creado un campo abonado para que los agentes económicos subsanen la falencia con mecanismos que favorecen su lucro individual, como las prácticas monopólicas, las pirámides financieras, los sobornos y el desplazamiento de los patrimonios a los paraísos fiscales.

No será fácil avanzar en soluciones concretas mientras no se reconozca el fuerte vínculo entre la equidad y el crecimiento económico. Mal puede superarse con una política fiscal de corto alcance distributivo y con un marco financiero que estimula el ahorro por medios contrarios al interés social. Lo que se plantea es un modelo que actúe sobre distintos frentes y, para empezar, avance en la consolidación de una política fiscal progresiva focalizada en el 40 % más pobre y una severa regulación financiera orientada a elevar el ahorro del capital. Por este camino es posible reducir el coeficiente de Gini en 10 puntos porcentuales en un plazo de ocho años.

 

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