Siga en vivo el debate de control político al ministro de Hacienda

hace 1 hora
Por: Pascual Gaviria

Manos limpias

HACE CASI 20 AÑOS ITALIA INICIA-ba su gran temporada de juicios por corrupción conocida bajo el nombre aleccionador de Mani pulite.

Todo comenzó con el efectismo necesario de las grandes fábulas: ocho empresarios de la construcción en manos de los carabineros acompañados de un político de segunda que defraudaba a un ancianato en Milán. Los juzgados, que eran el escenario más triste y deslucido, se convirtieron en una pasarela inquietante y prometedora. Los fiscales y los jueces fueron respondiendo a los aplausos y al inesperado protagonismo: “Sin lugar a dudas hemos recibido el sólido respaldo de la opinión pública. Hemos disfrutado de un fuerte apoyo de nuestras acciones”, decía uno de los acusadores de la época.

Toda la política y buena parte de los empresarios se vieron obligados a participar en esa especie de confesionario público en los juzgados. Il Corriere della Sera publicaba en tono burlón pero certero las instrucciones sobre qué cosas llevar en la maleta al momento de ser enviado a la cárcel de San Vittore. Ocho millones de italianos seguían los juicios por televisión con la esperanza de que su país acabaría con el “cáncer de la corrupción”. El espíritu nacional entregaba episodios irresistibles en medio de esa gran ópera de cuatro años: el joven empresario Raúl Gardini, admirado por sus negocios y sus triunfos en regatas a mar abierto, se suicidó en su palacete milanés un día antes del juicio. Su viuda Idina Reffucci decidió olvidar el mundo de las revistas e ingresar en la orden de las carmelitas.

Luego de los juicios todo cambió en Italia. Se sofisticaron los esquemas de corrupción, se acabaron los partidos tradicionales, apareció Berlusconi como un hombre dispuesto a reemplazar la podredumbre oficial, los fiscales terminaron fundando un partido con la palabra “valores” enmarcada en mayúsculas y Antonio di Pietro, la estrella de la fiscalía, se convirtió en un sui generis ministro de obras públicas. De los 3.200 acusados y encarcelados preventivamente en medio de toda la trama de corrupción, apenas 1.000 recibieron sentencia condenatoria. Muchos de ellos por la violación de la ley de financiamiento de partidos políticos. Fue imposible probar cohecho, enriquecimiento ilícito o prevaricato. Muchos de los viejos artífices miraban la marea judicial desde el exilio.

Se habló de las grandes lecciones que Italia estaba recibiendo. Un país que cambiaba sus estructuras para buscar sus valores. Varios fiscales fueron asesinados en medio de la hazaña nacional. Pero poco a poco la gente se aburrió de hacer divisiones entre la plata robada y los días de cárcel, el código penal volvió a manos de los expertos y de la indignación generalizada se pasó al desgano. En 1996 el 91% de los italianos consideraban que la corrupción era el problema más grave del país. Luego de las recientes elecciones de 2008, apenas el 0,2% creía que ese “cáncer” era la peor enfermedad italiana. La justicia anticorrupción en Italia sirvió sobre todo para sublimar algunos rencores y frustraciones personales, y para que la nueva clase política se blindara contra los jueces y fiscales por venir.

Berlusconi, la más palpable herencia del Mani pulite, tiene múltiples cargos por corrupción ante jueces italianos. Las afueras de los juzgados se han convertido en su plaza pública predilecta. Parece que sabe cómo actuar en ese escenario. En su última comparecencia se acercó al fiscal, le dio la mano y le dijo con tono cínico: “Usted es el malo”.

 

 

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