Manuel Zapata Olivella

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La mirada sintonizó en días recientes al estreno de un documental sobre Manuel Zapata Olivella. Escritor, antropólogo, médico y pensador singular –el suyo es el relato de una grandeza. Llegó al mundo en 1920. Y aunque nació en Lorica, vivió largamente en Cartagena de Indias y se asentó también en Bogotá, es en Harlem donde suceden las primeras escenas del documento.

Que sea allí, en esa tierra norteamericana negra, con la que Zapata Olivella tenía vinculación desde los años cuarenta, en la que vio las sacudidas y los fogonazos esperanzadores que destilaban Malcom X y el doctor Martin Luther King en los sesenta, permite observar –o recordar– la forma en que el Caribe, como condición, tiende a desbordarse. La forma en que se replica en su cualidad fundamental: la de meta-archipiélago sin centro ni límites.

Esas ideas corresponden al escritor cubano Antonio Benítez Rojo, quien verbalizó con habilidad magnífica algo que nunca se ha desprendido de mí, cazadora furtiva que soy a la hora comprender y discernir el temperamento de mi propia subjetividad y lugar de origen – el Caribe. Esa lectura permite entender entonces al Caribe no sólo como un sitio meramente geográfico sino como un cualidad que se codifica en su capacidad de derramamiento, de desborde, de supersincretismo. Como algo que no se restringe a la ubicación geográfica, sino como algo que reta en sí mismo a lo estático, lo preciso.

“Es evidente que para una relectura del Caribe hay que visitar las fuentes elusivas de donde manaron los variadísimos elementos que contribuyeron a la formación de su cultura. Este viaje imprevisto nos tienta porque, en cuanto logramos identificar por separado los distintos elementos de alguna manifestación supersincrética que estamos estudiando, se produce al momento el desplazamiento errático de sus significantes hacia otros puntos espacio-temporales, ya estén éstos en Europa, Africa, Asia o América, o en todos los continentes a la vez. Alcanzados sin embargo estos puntos de procedencia, en el acto ocurrirá una nueva fuga caótica de significantes, y así ad infinitum”, escribe.

Zapata Olivella encarna el brío único que alberga ese sincretismo del Caribe. Parece haber dado forma verbal a aquellas fugas caóticas. En su extensa obra parece fraguar lo que Benítez Rojo nombra como los “contornos de una isla que se ‘repite’ a sí misma, desplegándose y bifurcándose hasta alcanzar todos los mares y tierras del globo, a la vez que dibuja mapas multidisciplinares de insospechados diseños”.

Como pensador, Zapata se rehusó a la insularidad entre las disciplinas del saber. Osó el borramiento de límites, la conjugación de órbitas que podían parecer desconectadas entre sí. Supo comprender que el orden de los orishas ancestrales era tan vital como la erudición que había en materializar más de cinco mil tarjetas de notas para una de sus obras insigne. No había en él la lógica binaria del esquema occidental. Su intelectualidad era el fruto maduro de un entendimiento espiritual que no acepta como ruta la mirada rígida. En su sincretismo se condensa un esplendor de subversión que enciende el espíritu.

Como un pensador que hizo de la escritura resistencia y lucha por la libertad, Zapata fabricó “pasadizos inesperados” entre la intelectualidad solemne y el pensamiento mágico religioso, subvirtiendo así un trato excluyente entre ellos. Instaló en sus recursos narrativos una visión africana del mundo. Fue al origen. Sincretizó y conjugó de una manera que sólo podía corresponder a un proceso de mixtura, de dislocación y de violencia como ese que escarbó, como la herencia de su propia postura subjetiva. Entendía el panteón yoruba y la constelación de asimilaciones y resistencias que se había hecho con aquella codificación del mundo en medio del yugo del catolicismo español. Zapata narró desde los resquicios, desde las memorias, desde las fantasmagorías, desde los espectros y las llagas de la racialización. Alucina su forma de haber comprendido que aquella erudición no podía existir si no narraba también un impensable dolor y si no extraía su singular savia de lo popular. Comprender el folclor como fuente de una identidad movediza y contradictoria fue otra aptitud pionera en su práctica como pensador. Dejarse animar por los fantasmas de sus ancestros africanos para escribir una epopeya sobre la negritud en América. En línea con los entendimientos de Benítez, también la obra de Zapata se desborda de su lugar preciso, se ensancha, viaja a sus fuentes escurridizas, y perdura en una trascendencia que rebasa también la mera geografía.

En su obra parece cifrarse, además, un juramento místico. El compromiso de narrar la historia de un innombrable dolor: el secuestro, la epopeya, la tragedia, el exilio, la diáspora, la forzada escisión del sujeto negro. El hiriente arrancamiento del suelo africano que fue su vasto y múltiple origen. Fue un lector deslumbrante de las estructuras, de los conflictos primordiales que nos asedian todavía, de lo que podía implicar poseer la tierra en Colombia, de la pregunta filosófica por la negritud, de la soterrada naturaleza del saqueo y la opresión, de todo aquello de lo afro que podía trazarse como influencia y médula en las cadencias culturales. Zapata leyó los hilos de lo que hoy constituye una de las grandes tendencias intelectuales de la época que vivimos: la decolonización. En ese sentido, el documental pone en evidencia algunos índices que son espíritu de este tiempo justamente. Arribó a mi mente la melodía del gran Ismael Rivera, Las caras lindas. Una narrativa de recuperación, de necesaria reconfiguración.

Escribo con una reverencia que no deviene de la experticia. Escribo desde el pálpito subjetivo, desde la cadencia del espíritu interior, desde una mirada que germina asombrada ante el resplandor de la figura de Zapata Olivella. Escribo desde un sendero instintivo que lee en él un faro tanto intelectual como narrativo que tendría que transmitirse entre la juventud, en las aulas colegiales, en la memoria colectiva que hoy se escribe. Escribo desde un sentido de solidaridad política que me habita desde niña, al haber nacido y crecido en Cartagena de Indias, donde el horizonte oceánico evoca a los galones esclavistas como un fantasma tangible. Escribo desde la admiración, desde el pecho conmovido. De allí cualquier inexactitud que puedan encontrar en estas líneas los que conocen su obra y figura con preparación.

La subversión de Zapata estuvo ligada también a la espiritualidad transitada con erudición. Y sin embargo, una omisión indiscutible en el documental estuvo en la superficialidad que otorgó a todo lo que hay detrás del nombre Changó, el gran putas. No hubo referencias necesariamente precisas hacia la forma en que el panteón yoruba incentivó, envolvió y vivió en el escritor. Porque Changó es figura de esa vertiente del espíritu que extrae del África lejana pero íntima una médula que no puede desligarse ni disociarse de la senda que atravesó el pensador. A Changó le cantó Ismael Rivera, la orquesta de Ray Barreto, la temprana voz de Celia Cruz con la Sonora Matancera. La salsa es otro testamento de la hibridación que es el Caribe, de su desbordamiento, de sus cruces tan dispares pero reales entre, por citar un ejemplo, las Antillas y el barrio latino de Nueva York, entre Harlem y Lorica. El mandato católico nos adoctrinó, entre otras cosas, a leer con sospecha y temor la materialidad de una constelación religiosa que no fuese afín a la cruz. Esa lectura de la otredad en vertientes mágicas y espirituales o de temple africano desde el temor, se desprende del documental que bellamente también fabrica al escritor.

Pero para dimensionar la estampa rebelde del gran Zapata, no es posible evadir su rotundo lazo con aquellas fuentes. El mestizaje entre la erudición y lo popular componen su resplandor subversivo. Pero el andamiaje del pensamiento mágico religioso de la africanidad no puede ser laguna en su representación. “La verdad está en los márgenes”, escribió Ludwig Wittgestein. A esas lindes acudió Zapata para escribir, en esos cruces fronterizos encontró el híbrido preciso de su larga excavación. Que no se reconozca explícitamente en su obra esa conjugación entre la intelectualidad convencional y el entendimiento de la magia religiosa africana plantea como mínimo el vestigio de cómo el pensamiento sigue percibiendo los entendimientos del espíritu. Y demuestra también, como en otros terrenos que plantean decolonización, que el conocimiento visible –en este documental por ejemplo– no siempre abarca ni agota los entendimientos que se han producido, tal vez en los márgenes, del tema en cuestión. Los estudiosos de Zapata podrán articular su visionaria multidimensionalidad con mucha más maestría de la que exhibe esta modesta pero sincera reflexión.

vanessarosales.a@gmail.com

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