Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Mapas, puntos y "Colombia"

Los programas informáticos para gestionar información geográfica y el acceso en línea a diversas estadísticas han facilitado la elaboración de mapas.

 Medios de comunicación publican mapas cotidianamente. Fundaciones construyen bases de datos sobre conflicto armado que guardan con celo y comercian en pesos: “¿Cuánto vale el consolidado de los homicidios de 2002?”, pregunta el interesado. “Le podemos hacer precio especial si compra también la cartografía de masacres”, le responden.

Se mapea Colombia con frenesí.

Pese a la contundencia de las representaciones visuales, puede caerse en varios vicios. De vez en cuando el mapa no presta ningún servicio informativo, pero sí confunde.

En reportajes sobre minas antipersona, por ejemplo, mapas con puntos rojos (o diminutos dibujos de señores acostados) indican dónde están las minas. Acompañando el mapa, muchas veces, va una foto de Juanes. Ni los punticos ni el retrato del cantautor contribuyen a que un lector se haga una idea de qué es una mina, dónde se compra, quién la esconde, qué le pasa al que la pisa, quiénes desminan o cuánto les pagan.

Otros informes mapean política e ilegalidad. Usualmente no transmiten la heterogeneidad de la corrupción o criminalidad, ni de las diferencias regionales. Los famosos mapas de la parapolítica dejaban al lector con la sensación de que todos los departamentos habían vivido procesos idénticos.

Finalmente están las infografías que prometen un panorama “nacional” y “olvidan” algunas regiones. Un mapa que prometía dar cuenta de la “oposición en Colombia” incluyó información sobre 4 (de 32) departamentos. Otros que hacen ofertas similares (“la opinión en provincia”, “emprendedores en Colombia”) usan el mapa de Colombia para hablar sobre el altiplano y la costa caribe. Y en ninguno de estos aparece San Andrés.

 

 

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