Por: Juan David Ochoa

Maquillaje verde

Después de una maraña de escombros y dilemas jurídicos entre pruebas ausentes y boicots, Jesús Santrich ha llegado al Congreso. Ocupa ahora su curul por el partido FARC y seguirá libre y fungiendo su investudura mientras siga sin comprobarse su delito posterior a los acuerdos. La indignación proveniente de todos los bandos y partidos insiste acaloradamente en la desacreditación de una investidura que debe cumplir con la dignidad de su representante y con los antecedentes propios de un intermediario ideal. Son muchos los que siguen sin querer aceptar que no existe una razón jurídica y válida para impedir su presencia. Lo hacen, por supuesto, para oscurecer la atmósfera y reducir las obviedades jurídicas a la rabia y la vulgaridad, sus terrenos confiables. El uribismo lo hace en su predecible tradición de cóleras y ultrajes y en su desesperación natural por las consecuencias de una verdad estallada que los hunda definitivamente en la debacle, y otros partidos responden a sus cálculos de corrección política aunque sus posturas sean indignas. Todo ese espectáculo del saboteo al Estado de derecho era predecible y esperado; una rutina normal y cotidiana entre políticos de papel y tinterillos a sueldo. Pero el Partido Verde constituyó su trayectoria política en banderas afines al equilibrio y fundó sus arengas en la defensa de la legalidad. Los viejos mantras de Mockus y esa insistencia permanente en el retorno a la educación y a la cultura que han repetido sus alfiles sin descanso se esparcieron como códigos de honor entre sus filas, y el aura de una honestidad exclusiva la convirtieron en la marca principal de sus programas.

El verde, ese color ecológico con girasoles sugestivos, fue el símbolo de una virtud que quisieron vender como un valor agregado de conciencia poco común entre los viejos partidos de la tradición y las élites empantanadas por la burocracia. El tono de superioridad moral de sus discursos podía tolerarse entre una decadencia evidente mientras el tercer periodo del uribismo llegaba al poder bajo la era Santos, y esos pequeños saltos de ingenuidad con girasoles y lápices en las manos eran un show empalagoso pero no era el peligro enfermizo que representaba el regreso de la sangre. Sus posturas mutaron al ritmo de los escándalos nacionales hasta el surgimiento de Sergio Fajardo como el nuevo comodín presidencial: un timorato que dejaba ver con claridad las enormes influencias del Grupo Empresarial Antioqueño y extraños comportamientos en momentos que le exigían firmeza. El candidato profesor prefirió ausentarse de las defensas urgentes de los estudiantes ante los riesgos reales de la educación pública, y desapareció para siempre entre las nubes y el viento. El pasado miércoles, el Partido Verde reveló finalmente su talante justo en el momento en que el posconflicto exige franqueza sin retórica y sin artificios. Desconocen ahora los fallos de la Justicia y se niegan a aceptar el reconocimiento político de un reinsertado que tiene como única evidencia en su contra ser un bufón insoportable y un mamerto perdido entre los vientos de la guerra fría. El partido que mintió con girasoles no tuvo otra opción que limpiar su maquillaje verde y unirse al bloque de la tradición que ruge como una bestia moribunda y suelta coletazos de rabia, negándose a morir.

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