Maradona

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Con el título pesimista “Nada que hacer” empezaba a escribir sobre la impotencia que nos resigna a llorar los incontrolados asesinatos de líderes sociales, indígenas y excombatientes. Justo en ese momento las emisoras y la redes informaban: “Hoy miércoles 25 de noviembre a las 12m en Tigre, ciudad al norte de Argentina, ha fallecido Diego Armando Maradona Franco, a los 60 años de edad, víctima de un paro cardiorrespiratorio…”.

Confieso que me evadí en la nostalgia por la muerte de Maradona en vez de verter mi dolor en el ya rebosante pozo de lágrimas inútiles por una tragedia inexorable.

Vi jugar a Maradona el 2 de junio de 1985 en el estadio El Campín de Bogotá. Se enfrentaron las selecciones de Colombia y Argentina por un cupo al mundial México 86; durante todo el partido sufrí la dicotomía sentimental, apoyando a la selección de mi país y al tiempo admirando la genialidades del 10 del equipo rival que nos derrotó 2 a 1.

Para ese entonces el juego virtuoso de Maradona ya era admirado en el mundo futbolístico. Desde que tenía 12 años de edad, revistas deportivas de su país ya mentaban al “pelusa”, el pibe de Lanús de zurda prodigiosa. Luego sus goles, sus gambetas en el fútbol profesional con Argentinos Juniors, con el Boca Juniors, su destacada participación con la Selección ganadora del mundial sub 20 en Japón, la conquista de Europa brillando en el Barcelona y luego en el Napoli en donde su habilidad se hizo leyenda.

Maradona es hijo ilustre de su tiempo, Ícono de la civilización del espectáculo resultante del presunto optimismo que inculcó el capitalismo de posguerra. Tiempo en el que junto a las movilizaciones sociales, las manifestaciones de juventudes que se rebelaron contra cánones culturales y morales, florecieron la industria del entretenimiento, los eventos masivos y los comunicaciones globalizadas. Y fue el fútbol el espectáculo que por lograr emociones sencillas y pasiones sin ideología, creó héroes tan empáticos como procedentes de algún atavismo recóndito.

Mi primer ídolo del fútbol fue el rey Pelé, gocé sus hazañas en blanco y negro y en tecnicolor su máximo acto heroico con la gloriosa selección de Brasil tricampeona en México 70. Pelé el inmaculado, modelo de máster cards, canciller honoris causa de su país, arquetipo del ídolo juicioso y ejemplar.

En la década de los 80 los de mi generación nos deslumbramos con el fútbol mágico de Diego Armando Maradona, el número 10, que con apenas 1,65 de estatura bailaba balón pie y goleaba, no obstante rivales grandotes y alcurniosos.

Maradona fue ícono del reino mediático, sus hazañas deportivas y coloquiales, sus éxitos millonarios, sus excesos licenciosos nos llegaron en tiempo real. Era un genio y como tal no le daba trascendencia más que su virtud. El mundo de ambigua moral que mercadeó con su genialidad reaccionó estupefacto cada vez que el astro indómito se resistió a ser producto dócil.

En el imaginario popular de su país, Maradona es y será símbolo de ilusiones inefables.

Por mi parte lo llevaré en mi memoria como un Titán del fútbol y signo carnal de mi tiempo.

Descansa en Paz Diego Armando Maradona Franco.

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