Maradona: ardor y furia

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Sus gestos demenciales de fervor, su rostro desbordado de histeria, sus movimientos de bestia desatada y brutal en juegos que no eran juego para él, sino la vida: esos instantes determinados por leyes artificiales en que aparecía atribulado por el vitalismo y los truenos del hambre y la voracidad no eran los mismos instantes del deporte común que demarcaba un resultado y un final para una memoria corta y limitada. Eran los mismos instantes de la eternidad que quería atravesar desde el principio, desde la oscuridad de Villa Fiorito donde creció excluido y marginado del mundo y con las condiciones enteras de una derrota inexorable para morir sin nombre y sin historia. Poco tiempo después estaría alumbrado por los reflectores de un estadio real que sería el único espacio posible para existir rugiendo. Su única posibilidad estaba en ese verde de césped mitológico donde podía invertir el mundo sin reprimendas de clase y sin sanciones fatales. Podía imaginar las formas infinitas de una revolución y de una nueva historia, en silencio, recorriendo ese horizonte verde de cuerpos y zancadas que obstruían la utopía y los brillos lejanos de la gloria. Pero el ardor y la furia siempre estaban allí, temblando en su cuerpo para hacer de todo lo demás una demolición y una hecatombe.

En Argentina, las masas derrotadas por la política, la corrupción y la muerte entregaban lo que quedaba de su intensidad a la esperanza de su nombre, y fue en ese día histórico contra Inglaterra, poco tiempo después de la derrota nacional en las Islas Malvinas, que Diego Armando Maradona juró vengar los muertos de esa humillación, y en ese espacio exclusivo de su cuerpo y de su espíritu hizo lo que nadie había hecho jamás: un gol que parecía dirigido por un relámpago encendido por las violencias de la rabia, y una aparición fantasmal de una mano que no pudo indultar la visión delicada de los jueces mortales. Pocos días después de esa reinvención de los sucesos posibles, Maradona levantaba un trofeo que para el mundo era el símbolo ritual de una victoria, pero era el tótem de una nueva vida posible para su país, una gloria presente y real y una íntima vitalidad de los espíritus que por primera vez no habían sido defraudados por uno de sus líderes.

Fue exactamente la misma leyenda que replicó en Nápoles: esa ciudad de marginados que humillaban los escupitajos desde el norte de Italia, condenada a la invisibilidad y a la ignominia de los destrozos de la deshonra, y de repente fue llevada directo a la luz de todo lo posible bajo el carácter del mismo nombre que ahora atravesaba el mar y los territorios de otro continente con la furia intacta. Era el mismo ardor que insultaba al público de Milán en pleno himno para hacerles saber que no podrían con él ni todos los cuerpos juntos de ese estadio que lo quería rendido y muerto. Sabía que podía atragantar todas las luces de los reflectores con la misma voracidad de sus principios, sabía que podía seguir y atravesarlo todo.

Después de su retiro forzado por los excesos del hambre insaciable continuó con todo lo demás: con las directivas oxidadas de los clubes de su lealtad, con los archienemigos que nunca olvidó, con las instituciones que lo intentaron silenciar, con sus entornos, con su salud, con su familia, con las reservas de su nombre y de su cuerpo. El ardor y la furia consumaron lo último que podían consumir, hasta la última quietud y el último suspiro.

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