Maradona y sus milagros

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Ahora en Nápoles dicen que Maradona solo es comparable con su santo patrono, san Genaro, ese cuya sangre se licúa tres veces al año. San Genaro, obispo y mártir en tiempos del emperador Diocleciano, en el año 305 fue condenado por su fe cristiana a que lo devoraran los leones en un anfiteatro romano. Cuando le soltaron los leones en el circo, las fieras, en vez de devorarlo, se arrodillaron ante él. El público en las graderías del estadio ovacionó el milagro y a los esbirros del emperador no les quedó más remedio que desenvainar la espada y decapitarlo. De su cuello brotó la sangre que se tomaría para la reliquia, que todavía se conserva en dos ampollas de vidrio en la catedral de Nápoles. La sangre no se ha podrido y permanece coagulada, salvo en esas tres fechas en que, si el santo está de buen genio, la sangre se licúa y es de buen augurio para Nápoles, pero si sigue coagulada, como a veces pasa, es de mal agüero y puede llegar una guerra, un terremoto, una erupción del Vesubio o una peste como la de este año. El papa argentino, Francisco, cuando visitó la ciudad en el 2015, besó la ampolla de san Genaro y la sangre se licuó ipso facto, anunciando desde entonces el matrimonio místico entre Nápoles y la Argentina.

El más célebre escritor vivo de Nápoles es Roberto Saviano, que escribió un libro extraordinario sobre la Camorra (la mafia de la Campania), Gomorra, y otros de tema análogo, por los que vive amenazado de muerte y custodiado por la policía. Es como la fatwa contra Salman Rushdie, pero no decretada por un imam iraní, sino por la cúpula camorrista. Saviano publicó el jueves en La Repubblica, uno de los diarios más importantes de Italia, un ensayo (“El mito rebelde que dio felicidad a mi infancia”) en el que explica su devoción por Maradona y la tristeza que siente por su muerte. El artículo empieza así: “Yo no creía que fuera mortal y en cambio apenas hoy me doy cuenta de que era un hombre y no el Dios en cuyo culto vivía cuando tenía siete, diez años…”. Y al final: “Ahora que él ha muerto nos damos cuenta de que Dios, de que Diego era mortal. Nos damos cuenta de que nosotros somos mortales. Con su muerte todos nos hemos vuelto mortales”.

Saviano, en su artículo, intenta explicarnos a los no napolitanos lo que fue Maradona para los napolitanos. Leyéndolo, creo haber entendido mejor este fenómeno de masas ocurrido esta semana y que para mí —distante y distraído espectador tibio del fútbol— resulta casi incomprensible. O más bien, creo entender los milagros que consigue hacer Maradona, quizá el primer santo del santoral futbolístico, al cual el papa Francisco debería canonizar. Sus milagros consisten, sobre todo, en nublar la mente de los más lúcidos y aguerridos, y producir en ellos un fenómeno individual y colectivo de disonancia cognitiva. Santificado Maradona, se vuelve un dios de estilo griego (lleno de debilidades humanas) y todos sus pecados se le perdonan o, más aún, pasan a formar parte de sus virtudes. Saviano: “Exactamente como un dios, los vicios, los errores, los crímenes cometidos eran solo la sombra que volvía a ese dios todavía más luminoso”.

El milagro ocurrido en la mente de Saviano no puede ser más claro: un hombre que ha dedicado su vida, que ha expuesto su vida, a luchar contra la Camorra, cuando no puede no ver la cercanía de su dios con los capos de la mafia, pasa por alto esta complicidad: “Es imperdonable que Maradona frecuentara a bosses y traficantes… pero es que era un hombre solo, el más solo del mundo…”. ¿La mano de Dios? Bueno, su astucia del sur no podía perderse un gol “solo porque Dios no le concedió unos cuantos centímetros más”. Y la conclusión: “El hombre se vendía, pero su talento jamás”. Más que figuras retóricas o disimulos, en estos ejemplos de prosa curiosa se detecta una falencia argumentativa, el non sequitur: lo que afirma no se desprende de lo anterior. Es como decir: “Sí, abusaba de las mujeres, pero como era zurdo y bajo…”.

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