Por: Daniel García-Peña

Marc

En estos días murió Marc Chernick, destacado académico, luchador por la paz en Colombia y gran amigo.

Lo conocí en los años 80, cuando llegó a Colombia a estudiar el primer proceso de paz durante el gobierno de Betancur. Sin miedo, subió a las montañas de Colombia a entrevistarse con Manuel Marulanda y Jacobo Arenas, con el propósito de entender mejor, de primera mano, las complejidades del conflicto armado colombiano. También lo hizo con los comisionados del Gobierno, militares, políticos y académicos. Su amor por Colombia se despertó de inmediato y desde ese entonces, y a través de los años, le siguió la pista, como lo han hecho muy pocos, a ese largo y tortuoso camino entre la guerra y la paz en nuestro país.

Con razón, el titular de este diario al informar acerca de su muerte en días pasados lo describió como el colombianólogo más respetado en Estados Unidos.

Pero sus investigaciones no las hacía solo desde su cómoda oficina como profesor de la prestigiosa Universidad de Georgetown en Washington, D.C. Sobre todo, las realizaba en los territorios, con las comunidades más afectadas por el conflicto: los desplazados, los indígenas, los afrocolombianos, los campesinos. Marc se comprometió con la paz en Colombia y conoció el país más que la gran mayoría de los colombianos. En sus exequias, el padre Francisco de Roux recordó la ocasión en el Cauca cuando la fuerza pública se alistaba para enfrentarse a las protestas de los indígenas en La María y Marc se puso en la primera fila al lado de los manifestantes.

De manera magistral, siempre logró combinar la seriedad académica con una profunda convicción a favor de la paz. Por su rigor como analista e investigador, diferentes personas y entidades lo buscaban para consultarlo, como, por ejemplo, el exsenador Bill Richardson, la USAID, el gobierno de Noruega y el Banco Mundial, entre muchos otros. En los arduos debates que se dieron en Washington durante el gobierno de Pastrana, Marc nunca ocultó su profunda crítica a la militarización del Plan Colombia y sus trabajos fueron un punto de referencia en la discusión al interior del Departamento de Estado.

En 2008, en plena época de Uribe, cuando nadie hablaba ni creía en la posibilidad de una salida negociada al conflicto armado (fue el año de la masacre de los diputados, la marcha “No más Farc”, el operativo contra Raúl Reyes, el asesinato de Iván Ríos, la muerte natural de Manuel Marulanda y la Operación Jaque), Marc publicó el libro titulado Acuerdo posible: solución negociada al conflicto armado colombiano. Luego de hacer un recorrido minucioso por los diferentes aspectos de la guerra y la paz hasta ese momento, argumenta de manera contundente que el conflicto colombiano no tiene solución militar posible y que por tanto se impone la solución política, en lo que sin duda termina siendo una mirada premonitoria y visionaria.

Su optimismo perpetuo y entusiasmo incansable lo llevaron a crear un programa de intercambio con la Universidad de los Andes. En los veranos, traía a sus estudiantes de Georgetown, a quienes cuidaba como hijos, a conocer y estudiar a Colombia, no solo mediante las cátedras, sino en el terreno, donde se fue creando una nueva generación de colombianólogos, gringos en su mayoría, comprometidos con la paz.

Pero, por encima de todo, Marc fue un gran amigo. Compañero no solo de luchas y causas comunes como la paz y la democracia, sino de pasiones mucho más profundas, como el fútbol americano. Uno de sus pocos defectos era el de ser hincha de los Patriots.

Para Abbie, Angélica, Juanita, Álvaro Hernán y Camilo, y a toda esa gran familia extensa de estudiantes y colegas, en EE.UU. y Colombia, les expreso el inmenso cariño y gratitud que sentimos los muchísimos colombianos y colombianas que tuvimos el privilegio de contar a Marc como uno de los nuestros. Que en paz descanse.

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