¿Qué se sabe de la recaptura de Aida Merlano?

hace 1 hora
Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

Marcha y cacerolazos

Más que una manifestación de inconformes, más que una concentración y marcha de descontentos, parecía un carnaval. El día amaneció azul y cuando salí a la calle, unas señoras de pañoletas moradas al cuello, caminaban hacia la Plaza de la Luz, un lugar histórico donde estuvo la plaza de mercado Cisneros, diseñada por Charles Carré y financiada por un estrambótico rico de Medellín, Coriolano Amador, apodado el Burro de oro, a fines del siglo XIX.

Y si bien, en otras calles céntricas a las diez de la mañana parecía un primero de enero, por Carabobo había una peregrinación devocional, con banderas, gallardetes, pancartas, afiches, camisetas con leyendas alusivas a la jornada de protesta. Una especie de avalancha, en la que también sonaban las vuvuzelas que diversos vendedores ofrecían en la calle y en las entradas de las cacharrerías, se regaba por la calle. Era una convocatoria a expresar la insatisfacción ante un gobierno que en un poco más de un año de desbarres y desatinos logró juntar a la mayoría de la población en su contra.

Había viandantes con caras pintadas, ondeaban banderas del orgullo gay, camisetas de barristas de fútbol, trabajadores con pancartas de sus sindicatos. Por un lado, tambores y platillos. Por otro, trompetas y bongós. Sabor puro. Y canto. “Algo grande está pasando”, se escuchó de una mujer rubia y blusita de manga sisa. Había extranjeros expectantes, junto a dos edificios patrimoniales que se salvaron de la “cultura de la demolición”, tan arraigada en constructores y especuladores inmobiliarios.

Le digo que la audiencia, a lo Zalamea, crecía y crecía. El cielo cada vez más azul y las muchachas cada vez más presentes, unas repartiendo octavillas con los objetivos del paro, otras entonando estribillos de apoyo. Y muchas banderas amarillas y otras rojas y blancas. Era como si el mundo apenas se estuviera creando y era motivo de goces y alegrías desparramadas. Y del norte ya venían los estudiantes, a montones, contentos, decididos a demostrar que son parte de la historia y que tienen un deber: el de rugir como los vientos, a lo Violeta Parra. Marchaban con una energía nueva. Le digo que hacía años no se veían tantos estudiantes juntos, cantando, augurando un mundo nuevo. Protestando en paz, con sombrillas, bajo un sol de justicia.

No sé, señor gobierno, cuántos eran. En todo caso, en la Plaza de la Luz la iluminación era el gentío brillante y de voz ancha. Muchos estadios juntos. Muchas manos juntas. Una expresión vasta, magnífica, de indignación. De advertir que no se aguantan más las inequidades (y las iniquidades oficiales), de exigir que haya empleo productivo, que haya posibilidades de jubilación, que la educación y la salud y la cultura sean para todos. En todo caso, era multitud. Era, a lo Atahualpa, tierra que anda.

Y las calles caminaron. Abundantes. Briosas. No digan que no, señores de la prensa. No digan que no, burócratas y gobernantes de pacotilla. Era una demostración de disenso. Y de ejercicio de la libertad de expresión y del derecho a la protesta. Y pese a los infiltrados (según se decía, según se gritaba), la voz del ciudadano fue una sola canción contra un gobierno antipopular. Pitos, matracas, coros.

El 21 de noviembre ya está registrado en la historia. ¿En la historia de qué? Seguro de las justas contra el neoliberalismo y sus estafetas, contra sus promotores y acólitos. Fue como un despertar después de una horrible noche. Ha sido una constancia de los humillados y ofendidos en contra de un sistema de despropósitos y atropellos. Ni los propaladores de bulos ni los que decían que era una conspiración del Foro de Sao Paulo ni los que mandaron vándalos a confundir a los marchantes pudieron impedir la tempestuosa manifestación popular.

Los sordos palaciegos tuvieron que escuchar. Porque era la voz del trueno, la voz de los que ya no aguantan más ofensas. ¿Y qué tal el sonido de aluminio de las cacerolas? Esas cacerolas que han hecho historia resonaron en barrios y conjuntos residenciales, en conventos e inquilinatos, en asilos y otros hospicios. Al presidente o al que funge como tal le fueron a dar su tanda de serenata metálica.

Se lo digo. Fue una jornada como de carnestolendas, con mascaradas y pitos. Ni las patadas voladoras del Esmad ni las provocaciones oficiales ni el lumpen pudieron distorsionar ni desteñir la masiva protesta. Ahora sí que venga el diálogo nacional, que el gobierno eche atrás sus lesivas reformas, que tornen las discusiones sobre la paz y el derecho del pueblo a vivir con decoro y todo lo que ello implica. El 21 de noviembre ha sido un hito en la historia de la indignación.

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2019-11-26T00:30:48-05:00

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