Por: Arturo Guerrero

Marchas: arrejuntarse para apechicharse

El diccionario de colombianismos de la Academia de la Lengua le dio bendición a la palabra pechiche, originaria de la costa Atlántica. Quiere decir demostración de afecto, mimo. De ahí viene el verbo apechichar o pechichar, extendido a los santanderes, cuyo significado es tratar a una persona con especial cariño.

No hay término más adecuado para definir lo que está ocurriendo en calles, plazas y balcones colombianos. Habría que aliarlo con otro, arrejuntarse, que para los académicos alude a vivir una pareja sin casarse, pero para nuestra habla corriente es amontonarse juguetonamente.

Los jóvenes se están arrejuntando para apechicharse. Protestan, claro está, gritan y dibujan trece exigencias, arrugan cacerolas, mojan zapatos en calles infinitas. Mas por encima de todo se apiñan para quererse, sin conocerse en persona. Incluso forjan la ilusión de conseguir pareja en la marcha.

Por eso escribieron una consigna que los pinta: “La marcha no es contra todo, es con todos”. Cuando el Esmad no los deja encariñarse, tratan de desarmar su negrura con abrazos, les brindan aguapanela, les hacen la conversa como si fueran parceros de su barrio. Si no se asoman policías, la fiesta entre cientos de miles, casi un millón, fluye como un río Magdalena creciente. Así fue el canto del domingo pasado en Bogotá.

¿Fiesta? ¿Acaso no se trata de un paro nacional, de un rechazo político, de una rabia que por fin chispea? Por supuesto. Solo que los muchachos asumen la bronca como un rito tribal en que es más lo que se construye con las ganas que lo que se destruye con sangre.

Por eso les urge arrejuntarse, sentirse hermanos, semejantes, savia de la que frutecerá un sueño que nadie es capaz de encerrar en conceptos, parágrafos ni incisos. En tanto caudal pensante y sensitivo, saltan tarareando lemas antípodas de los de sus padres mamertos de los años sesenta.

Se visten de carnaval, signan cartulinas pobres, convocan a cantantes y orquestas para que con picardías enciendan el aire. Se apechichan con especial cariño, se cuidan unos a otros, se colorean de verde y rojo con pañoletas de la guardia indígena. Alzan en hombros a sus hijitas de cachetes colorados, que sonríen con tres dientes para la foto.

Se valen del humor para enrostrar al poder y poner en evidencia la falsedad de todas las falsedades. Luego de dos siglos de guerras, guerritas y guerrillas, tienen la misma convicción seminal de Camus: “me decían que eran necesarios unos muertos para llegar a un mundo donde no se mataría”. Así, asientan una subversión pacífica.  

Leen en la revista virtual “070” a Juan Ricardo Aparicio, profesor de estudios socioculturales de Los Andes, y se saben bien descritos como cuerpo y ritmo, deseo y erotismo. Esos elementos sensuales definen a los nuevos colombianos y los hacen uno con los indios, los negros, los juglares campesinos, los bailadores del tremendismo musical.

Y como afirma peligrosamente Jesús Martín Barbero, estos sentidos subterráneos quedan en la memoria y les permiten pensar en un futuro que ya habita en esa memoria.

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