Por: Arturo Guerrero

Marcianos en cuento de Navidad

Los extraterrestres divisados por los gringos nos escrutan en plena Navidad. Hace dos meses se difundió un video grabado por marines en el desierto de Arizona. Aparece un ovni redondo, de película, con costillar de acero demasiado humano. Soldados con vestuario sospechosamente limpio operan aparatos de sonido hollywoodenses. Los opinadores de internet abundaron en burlas y bostezos.

Pero a comienzos de esta semana el New York Times soltó la bomba. Entre 2007 y 2012 funcionó un programa secreto del Departamento de Defensa para investigar avistamiento de ovnis. Su presupuesto era abultado, tanto que todavía hoy algunos funcionarios continúan sondeando.

Tras la revelación, el Pentágono reconoció su existencia. Se trata de captar extrañas y veloces naves y objetos suspendidos en el cielo, que desafían las leyes de la física. En realidad son elementos mucho más avanzados que los del arsenal de Estados Unidos y otras potencias. 

Los inventores de este espionaje también le dieron nombre de filme de acción: Programa Avanzado de Identificación de Amenaza Aeroespacial. ¡Amenaza! Claro, los militares no consiguen fondos si no atizan el miedo. Claro, es obvio que esas máquinas mudas y volantes vienen a atacar la Tierra.

A comienzos de 2017 —otro antecedente— la CIA publicó en la web numerosos documentos desclasificados sobre el mismo tema. De ellos se deduce que una de las preocupaciones es detectar el progreso tecnológico de las potencias rivales. “¿Será que Rusia o China tienen un sistema de propulsión que no conocemos?”, se preguntó un exasistente del Congreso norteamericano, en entrevista para una revista.

El caso es que las versiones de estos días hablan de captación de flotillas de artefactos que acechan en los alrededores de naves madre. Alguien observa la Navidad terrícola desde estos destacamentos. Y la difusión del programa del Pentágono agrega cierta credibilidad a la película tantas veces curioseada y temida.

La complicación de este enésimo alboroto ovni estriba en que refuerza la cara agresiva de los marcianos que nos espían. Si el encargado de averiguar quiénes se sientan en las naves mágicas es el Pentágono, los resultados se tiñen de verde bélico.

Podrían investigar los científicos, los astrofísicos, los cosmólogos, aquellos que se han remontado con telescopios milagrosos hasta la víspera de los quince mil millones de años luz, edad del big bang. Estos tal vez encontrarían las mil y una razones por las que los extraterrestres se interesarían en este planeta azul de la Vía Láctea.

Pero no, son las fuerzas armadas de la potencia más potente las que meten sus narices prejuiciosas en los enigmas del cosmos. Y para quien busca pleito todo gesto es provocación.

Menos mal que por estos días los cielos están traslúcidos y todo anuncio venido de las estrellas es un cuento de Navidad. Así los lejanos seres con antenas y corneta en lugar de nariz tienen chance de recibir invitación a las arrebatadas fiestas con tamal y buñuelos, que apuntalan la euforia nacional.

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